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Bibliotecas: la pública y la personal

 

I

Tengo que comenzar con una confesión: nunca he sido un usuario recurrente de las bibliotecas públicas. Me pregunto ahora por qué y me salen estas respuestas: porque me han quedado lejos, porque las sillas son incómodas, porque me molesta el ruido de los otros, porque me disgusta el espacio.

Paro, ahí hay algo. ¿Por qué me disgusta el espacio? Por la desolación que me da en los espacios que son enormes y pulcros, por la tristeza que me ataca en los lugares descuidados e impersonales. Para mí no hay como leer en casa o en un jardín, santa respuesta.

No tendría más qué decir si no hubiera visitado recientemente la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), uno de los tantos proyectos que Francisco Toledo sostiene. La sorpresa fue grande, en las habitaciones de una vieja casa restaurada pintada de blanco se acomodan los libros en sobrios anaqueles empotrados en los muros; de piso a techo –un techo no tan alto– los protagonistas absolutos son los libros; ya por los lomos se sugiere la calidad de los contenidos, las editoriales prestigiosas, los empastados exquisitos, los gustos absolutos. Salí del mareo y me paseé un poco, por un momento me pareció caminar por una cocina enorme, una cocina de ideas, en el centro de las habitaciones había mesas de madera sólida dialogando tranquilamente con la dignidad del edificio, no había mucho espacio entre los muros, unos metros solamente, y la sensación de los libros cayendo sobre mí me inundó. Un espacio que de alguna manera tengo que calificar de envolvente y discreto. Baudelaire lo dijo hace algunos años: «Los sentimientos íntimos sólo se recogen cómodamente en un espacio muy estrecho». Él hablaba de la sensualidad y yo hablo de lo mismo. ¿Cuántas intimidades mayores puede haber a ser sorprendido por la palabras en un libro? Muy pocas, y de nuevo hablo con las palabras de otros y recuerdo dos voces de cantina: «Los libros son el último refugio de un hombre solo, y el primero también». Pero tengo que parar ahora, Oaxaca queda muy lejos y las bibliotecas que están en la ciudad en la que vivo no se le parecen nada. Mejor pasemos a la opción que nos queda a los que vivimos distantes del IAGO, pasemos a la biblioteca personal.
 

II

¿Cómo se construye una biblioteca personal? No quiero dejar de ser romántico y tengo que decir que azarosamente. Lo que tengo son algunas ideas para que la fortuna torne su lado más bueno con nosotros.

Primero lo fundamental: una biblioteca en casa debe de tener el tipo de libros que nos gusta leer o que pensamos que en algún momento nos podrían interesar. Sería un desperdicio comprar los treinta tomos de las obras completas de un autor que no conocemos mas que por recomendación, mejor comenzar por un volumen y de ahí tomar decisiones. Después de tener esa base, recomendaría un buen sustento de clásicos –y aquí apunto que desde ahora me referiré exclusivamente al terreno literario.

El repertorio se debe aprender perfectamente en un aula de literatura; para aquellos que como yo nunca han tomado una clase así, siempre están los suplementos culturales de algunos periódicos, las antologías bien hechas, las revistas especializadas. El músculo de los clásicos se vuelve fundamental en tanto crezcan las ambiciones de la biblioteca y del lector. Conocer las lecturas que subyacen en un texto desemboca en un placer secreto. Así, cuando leemos en una novela publicada en 1999 «ese wáter es el cubículo que nunca tuve, ese wáter fue mi trinchera y mi palacio del Duino…» y entendemos las reverberaciones de la idea, nos creamos un momento luminoso, algo cercano a la felicidad.

Ya tenemos dos pasos, el gusto personal y los clásicos, ahora viene la cuestión de la compra: ¿a dónde ir? La recomendación es no tener prejuicios, recorrer las librerías estatales, las grandes cadenas, los remates de supermercado, las librerías de viejo. Con el tiempo irás formando un criterio para buscar las novedades de una editorial, escuchar a ciertos vendedores que tienen un gusto verdadero por los libros, afinar la intuición.

Nuestra biblioteca es una extensión de nosotros, una urna donde depositamos nuestras promesas y nuestra memoria, un bien al que como todos los bienes estamos sujetos a perder en la incertidumbre. Un lugar que nos permite partir y navegar colgados de una idea, siempre tamizada por nuestra experiencia. Su construcción, brevemente delineada en estas líneas, no se debe emprender sin la nostalgia por lo que no leeremos nunca y sin el sueño de alguna rara vez encontrar los libros que nos pertenecen.
 


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