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La indiferencia de la naturaleza

Una reflexión en torno a Grizzly Man, el documental de Werner Herzog.

Timothy Treadwell fue una persona cuya vida se cernía sobre los osos. Convivió con ellos por trece acuciantes veranos en el Parque Nacional Katmai en Alaska. Yo no sabía nada de él, sino hasta que vi el documental de Werner Herzog, Grizzly Man.

Este texto no trata de osos ni de Treadwell ni de Herzog, pero son tres entidades que me van a ayudar a explicar en 700 palabras más o menos que la naturaleza es indolente. Y que no hay manera de que solamos hacernos de esa idea. Veamos.

Este señor Treadwell, decía yo, convivió con los osos de manera tal que se había convencido no sólo de la comunidad que entre ellos (osos y Timothy) se habría sobrepuesto a la naturaleza salvaje, sino que además defendía su reducto geográfico como santuario. Hasta nombres les había puesto a esos seres pardos, enormes, masivos, inescrutables. Herzog decide hacer un documental sobre este intrépido amante de osos no tanto por su testimonio de vida (y muerte, porque el señor en cuestión muere, junto con su novia, ingerido por un oso) sino porque, como él lo establece en su narración en off del documental:

«Mientras observamos a los animales en su alegría de ser, en su gracia y ferocidad, un pensamiento se torna cada vez más claro: que esto no estriba tanto en la mirada a la naturaleza salvaje, sino en la mirada hacia el interior de nosotros mismos, de nuestra naturaleza. Y eso, para mí, más allá de su misión personal, le da sentido a su vida y a su muerte».

Es tan sutil la afirmación de Herzog. El sentido de quien interpreta es lo que moldea la mirada a la naturaleza. Ya dijo Susan Sontag que no existe pensamiento sin interpretación. Tal es lo que sucede en el caso de este «ser-oso». Mientras Herzog ve una indiferencia inmutable, poderosa, inescapable, Treadwell ve bondad, interioridad y hasta personalidad. Todos vemos un oso. Pero Treadwell y la cauda de ONG, de logoterapeutas, de defensores de animales, etc. verían a un ser puro. Herzog (y yo, me temo) vemos nada. La mirada indolente y nada más.

Y es muy difícil describir la nada de la naturaleza. Sobre todo, porque hemos sido educados y aculturados en su bondad y hasta en su supuesta sabiduría. No fuimos educados ni nos habíamos enterado de que un oso macho puede matar a sus crías para que su hembra lo atienda a él exclusivamente. Que una osa, si tiene hambre, se puede comer a su cría. Y eso, hablando de naturaleza de oso. Y no lo hacen ni por buenos ni por malos. En ellos no habita la reflexión.

Hablando de naturaleza climatológica, por decir algo, no necesito describir la serie de inescapables sucesos que nunca son «a propósito» de algo. Son a propósito de nada. Pero somos nosotros quienes les acomodamos el sentido que mejor convenga, según la situación. O la naturaleza de los virus. Qué sé yo. Naturalezas hay tantas. Y todas tan ahí, sin ser por algo, sino que sólo son.

Hay un cuento de Kafka, Informe para una academia, que trata mucho más graciosamente el mismo asunto que aquí abordo. La trama consiste del chimpancé de circo que se deja «humanizar» porque solamente estaba esperando una salida. Y el final, amigos lectores, el final de ese cuento, tiene por fin la escapatoria anhelante del simio: pues justamente reside en los ojos bestiales de su chimpancé hembra en el apareamiento, cuando se encuentra a sí mismo.

Herzog dice que cuando ve a los osos, él no percibe ni observa. Él ve. Y lo que ve es una mirada fija, vacía. Yo nunca he visto un oso. Vi un rinoceronte muy de cerca y sentí un poco de pena porque no pude menos que sentirme invasora. Qué le vamos a hacer. Pero obviamente ni había mirada inquisitoria del rinoceronte ni tampoco hubo una causa que disparara mi culpabilidad, más allá de estar yo con mis prejuicios frente a un rinoceronte.

De eso quería hablarles. De que la naturaleza bondadosa a veces es un vacío en el que te asomas para entretenerte. Para olvidarte de que, a veces, el vacío con el que andas cargando es tuyo y que el animal, ahí, está lleno, sin duda, pero lleno de nada.

 


Julieta Díaz Barrón es una de las primeras y más celebradas colaboradoras de esta revista. Aquí y en la edición en papel ha escrito sobre temas tan distintos como: libros para niños, novelescos realities de comida y obsesiones irremediables que de repente descubrimos en nosotros mismos. Julieta preside nuestro H. Consejo Editorial por una sencilla y contundente razón: es el único miembro del consejo (de los seis que lo conforman) realmente honorable.

 


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