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Imagen © CWNY/Fame Pictures

Lady Gaga, la crónica del concierto

Entre beats acelerados y destructoras melodías industriales, Lady Gaga apareció en el escenario. Ahí estaba sobre inmensas escaleras con barandales que asemejaban jeringas, letreros fluorescentes y edificios de un Nueva York imaginado como la capital de un mundo plástico. El cielo se nublaba y los rayos acompañaban a la atmósfera del concierto. Los bailarines trepaban entre los tubos del escenario, Gaga desaparecía y volvía con tres vestuarios diferentes en menos de veinte minutos: capas de látex rojo, estampados de leopardo morado, plataformas plateadas, y así seguía. Cada vestido más extravagante que el anterior.

Habría que dar una vuelta entera para observar el espectáculo que también ocurría entre la multitud extasiada: vestuarios caseros que asemejaban a la artista, el grito desaforado que acompañaba las manos en el aire e, incluso, las lágrimas desbordadas de los más devotos. Así seguía el concierto, entre rayos y nubes que se apoderaban del cielo. Luego, la lluvia. Ese líquido que comenzaba a resbalarse de los rostros de los asistentes. Nadie se inmutó, era como si la lluvia le agregara más romanticismo a la sesión de piano y voz. El concierto siguió y, con la peluca amarilla empapada cubriéndole la cara, desesperadamente pidió a sus bailarines que le quitaran el auricular para tomar un micrófono de mano.

El concierto continuó con su monstruosa producción. El piano en llamas, la estatua de María Magdalena degollada, las instalaciones artísticas sobre el escenario, las coreografías rebuscadas, el delirio de diosa, la lluvia mojando, el grito de más de 30 mil personas, los solos de guitarra, la metálica voz que escurría de las bocinas, los monstruos en el escenario, los monstruos en el estadio, sus senos en flamas, la sangre escurriendo por su cuello, los dientes y las garras de la multitud, las canciones que parecían himnos, los truenos en el cielo, los gritos, el inagotable agradecimiento al público, el público, la poderosa teatralidad y las figuras geométricas decorando su vestido.

Gaga como la representación de la libertad de una nueva década. En sus propias palabras: la revolución pop de un movimiento para un mundo libre de prejuicios. Y ahí adentro todo mundo le cree. Era como observar una versión contemporánea de los discursos de Martín Luther King entre el glamour y la parafernalia. Quizás es el desentendimiento de una mente brillante en la industria musical o la basura plástica del nuevo siglo que parece más falsa que chistosa. Tal vez sea el nacimiento de un símbolo cultural del que en cien años se seguirá hablando o el ejemplo fugaz de una fama pasajera prefabricada. Habrá que esperar y ver. Mientras, ahí adentro, Gaga podría haber causado una revolución armada con tan solo una peluca, un par de tacones y la rasposa voz que la acompaña.
 


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Hace 20 años le dio un paro cardiaco a la provocación, y no nos hemos podido recuperar, ¡aunque vaya que le hemos echado ganas! Era feo, era orejón, era un símbolo sexual. Con esa cara no le quedaba mas que ser puro sexo. Fue amante de Brigitte Bardot, se casó con Jane Birkin, grababa canciones con orgasmo incluido, escandalizaba a los liberales. Era puro desafío, pura indecencia. Era la celebridad incómoda. Era Gainsbourg. En 1965, cuando todavía no era famoso pero sí infame, Gainsbourg escribió una canción que trata sobre una niña linda y mona que se siente «en el paraíso» cada vez que «ese palito está en su boca». La niña linda y mona, pensando quizá en Chupa Chups, cantó en el concurso de Eurovisión y, por supuesto, ganó. Ya en el pedestal de la fama, cuando la niña linda y mona se enteró de lo que en realidad estaba cantando, rompió con su escritor y no volvió jamás a cantar esa linda y mona canción. (Veintitantos años más tarde esos malditos hipsters harían su propia versión, aunque, claro, sin la gracia de la inocencia, sin la bravata del perturbador.) En 1979, un grupo de militares franceses de extrema derecha asistió al concierto de Gainsbourg en Estrasburgo para impedir que cantara su más reciente éxito: la versión reggae de La Marsellesa. Gainsbourg llegó, vio el panorama, mantuvo a sus músicos rastas en el autobús, subió solo al escenario y exclamó: «los que han impedido el concierto han devuelto a La Marsellesa su sentido inicial». Acto seguido, «el orejón degenerado», cigarrillo en mano, cantó a capella el himno de Francia. La dignidad inesperada, la grandeza irrefutable. Era Gainsbourg. A los 45 años le dio su primer ataque al corazón. Lo llevaron al hospital y dijo que no, que él no se iba a acostar ahí, en esa cama, con esas sábanas, y mandó traer sus sábanas Hermès. Después de grabar un disco conceptual bajo el tema de Lolita (Histoire de Melody Nelson), cuando su hija Charlotte tenía ya 12 años, Serge grabó con ella Lemon Incest. «The love that we will never make together», le decía. Eran los Gainsbourg. ¿Quién es ahora nuestra celebridad incómoda? ¿Lady Gaga? No, no creo. Ella es más nuestra indecencia cómoda, nuestro reflejo cómico. ¿Quién es hoy nuestro héroe trágico? ¿Quién se destruye a sí mismo? ¿Quién nos incita a la catarsis? ¿Qué haría Gainsbourg hoy? ¿Se lanzaría contra la nueva religión: contra los orgánicos, contra el cambio climático? ¿Mataría a todas esas vacas que con sus gases producen todo ese metano (un gas 20 veces más dañino que el dióxido de carbono)? ¿Mataría a las vacas para, ja, tener un mundo más orgánico, más limpio, sin tantos gases? ¿Desdeñaría a La Gaviota para tirarse (Gainsbourg usaría ese verbo) a Margarita Zavala de Calderón? Quizá así, por fin, tendríamos una política nacional estimulante. Viviendo en este falso decoro, en este mundo tan correctito, nos hace ya mucha falta un Serge Gainsbourg.  ...

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