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Cada libro soy un peor lector

Eduardo de la Garma colabora en esta tercera entrega de la serie «¿Cómo leo? –Las lecturas y sus lectores».

 
No encuentro en mi cabeza el antónimo de precoz, pero eso soy: el que llega tarde a todo (aunque, hay que aclararlo, soy muy puntual). Comencé a hablar a los cinco años, me salió bigote hasta los diecisiete, leí por primera vez un libro a los dieciocho.

Entonces era ordenado con mis lecturas: escogía un libro, lo leía en uno o dos días y escribía en un cuaderno de notas mis impresiones. Si por alguna razón regresaba al libro, a releerlo todo o sólo algunos fragmentos, me lo compraba. Mi biblioteca se componía de los libros que iba releyendo. En las últimas páginas de mi cuaderno de notas tenía una lista con los libros que leería después. Recuerdos de libros al principio, planes de lecturas al final. Mantuve este orden hasta que, en las páginas intermedias del pequeño cuaderno, se juntaron los recuerdos con los planes.

Como no se me ocurrió comprar otro cuaderno, aunque fuera pequeño para encartarlo dentro y seguir con mi orden y disciplina, decidí revisar todo lo que ahí anotaba para ver si convenía seguir con ese método de lectura. Pero, para darle cierta gracia a esa lectura de lecturas, le di la vuelta al cuaderno y leí los planes como si fueran recuerdos y los recuerdos como si fueran planes de lectura. Terminé todo confundido: leía por primera vez títulos de libros que ya había releído y compraba para mi biblioteca libros que según el (anti)cuaderno ya había releído y comentado.

Ahí fue principio del acabose.

Ahora todo es un desastre: mi biblioteca tiene cada vez más libros que no he leído, mucho menos releído. Y lo que es peor: tiene libros que, estoy seguro, nunca leeré. Pero siempre los tendré ahí, como damas de compañía.

Leo también como tres o cuatro libros al mismo tiempo. Bueno, al menos eso parece. Por ejemplo, el año pasado compré el libro Joseph Anton, las memorias de Salman Rushdie, pero a la primera página supuse que era buena idea leer antes Los versos satánicos. Comencé a leer ese libro, pero como a la mitad me aburrí muchísimo. Así que hice una pequeña pausa y durante la pausa comencé a leer un libro de cuentos de Vila-Matas, que siempre me ha salvado de cualquier tedio. Los libros de cuentos, como los de poemas, se leen con pausas. Aunque la lectura dure poco, la pausa entre cuento y cuento es exactamente la misma que entre novela y novela. Así, el libro de cuentos de Vila-Matas adquirió hoyos negros de lectura entre cuento y cuento. Uno de esos hoyos negros fue un libro de ensayos de Charles Simic. Y como los libros de ensayos también adquieren fácilmente hoyos negros, etcétera.

En el baño leo el Borges de Bioy. No importa si hago del uno o del dos, siempre me siento –cual lesbiano– a leer una entrada del diario de Bioy. Ande yo leyente, búrlese la gente.

Cuando me voy de viaje agarro siempre un libro nuevo, pero luego los viajes son tan cortos o tan entretenidos que nomás no termino de leer el libro que escogí. Y como el libro obtiene de repente una relación con el viaje y el viaje ya terminó, dejo el libro ahí aventado, en espera de que vuelva, de menos, el sentimiento que tenía durante el viaje original. Raras veces lo logro.

Tengo libros que me gusta leer por la mañana (Nicanor Parra), libros que me gusta leer por la tarde (Pessoa) y libros ideales para el insomnio (Simic o Monterroso). Pero luego me da por amanecer vespertino o por tomar café durante el insomnio. Entonces leo a Pessoa con una absurda saudade matutina y leo a Nicanor Parra estúpidamente al atardecer. Thomas Mann durante el insomnio y Charles Simic a medio día. Todo se ha vuelto muy vergonzoso.

A veces leo también para escribir. A propósito de este artículo, acabo de pedir en The Book Depository un libro sobre la lectura de Charles Dantzig, pero como he tenido un domingo bastante apacible, he decidido escribir esto sin leer ese libro. Ya me imagino lo que pasará cuando llegue el libro de Dantzig: lo pondré sobre mi escritorio en espera de que lo vuelva a necesitar. Ojalá.

Lo que quiero decir con todo esto es que antes era paciente y ahora soy urgente. Mi dispersión se ha vuelto profunda. «El que mucho aprieta poco afloja», leí el otro día –obviamente– en tuiter. Estoy a la altura de las circunstancias: me he vuelto un lector desparramado. Ya ni modo.

Antes leía cuando me descubría en paz y escribía cuando no me encontraba bien. Si tenía actitud de gelatina, leía; si me sufría pulga, escribía. Pero algo sucedió que le encontré muchísima gracia a los brinquitos de la gelatina. Y a la pulga me acostumbre. Viéndolo a detalle, con agudeza y verdadera atención, la ansiedad gelatina es mayor que la de la pulga. A menos, claro, que una pulga brinque y se zambulla en la gelatina. Eso sería como leer lo que escribo. Y cuando sucede eso, ya mejor le paro.
 


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