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Notas en torno a la biblioteca

Una biblioteca no es un librero en uso, mucho menos un librerío. Puede existir una biblioteca sin librero, puede incluso existir una biblioteca con sólo dos libros, o con ninguno. Una biblioteca es una personalidad; un librero es tan solo un soporte. Decir que no tienes una biblioteca es decir que no tienes una personalidad. Aunque no conserves ningún libro, tienes una biblioteca. Hay personas que tienen dos o tres personalidades.

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La biblioteca infantil. La biblioteca con novelas. La biblioteca religiosa. La biblioteca futbolística. La biblioteca alemana. La biblioteca del siglo XIX. La biblioteca erótica. La biblioteca feminista. La biblioteca quijotesca. La biblioteca policíaca. La biblioteca de Susana. La biblioteca de Susana durante su primer matrimonio. La biblioteca científica. La biblioteca fetiche. La biblioteca medieval. La biblioteca de una vida.

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Cualquier biblioteca literaria e hispánica debe tener a Quevedo y a Góngora, y a Cervantes. Son los fundadores. No tener por lo menos un libro de ellos sería como ir al templo de Santa Úrsula y no ver siquiera, aunque sea en un rincón, a san Pedro y a san Pablo. Santa Úrsula podrá ser más popular, el templo podrá estar dedicado a ella, pero siempre habrá un espacio destinado a los fundadores de la iglesia. La literatura es a la iglesia lo que la biblioteca es al templo.

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¿Qué es una biblioteca? ¿Una patria, una orquesta, una pared con trofeos, parte del decorado de una casa? ¿El depósito de los recuerdos, de nuestros sueños, de nuestras obsesiones? ¿Una promesa? ¿Una ilusión? ¿Un rincón, un resguardo, una plataforma? ¿Un espejo? ¿Un cliché?

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Cada libro representa una doble aventura, decía Elías Canetti. La primera es el descubrimiento: encontrar un libro, oler su importancia, apropiarse de él para en un futuro leerlo. Después de muchos años surge la segunda aventura: empujado por un incomprensible impulso, retomas el libro que algún día compraste y, excluyendo cualquier otro interés, te abalanzas sobre él como en un delirio. Las dos aventuras son caprichosas; la lectura, como la escritura, no se puede gestionar, por eso puede ser psicótica.

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Los mejores libros son siempre casos excepcionales. Una biblioteca es la suma de esas excepciones, un rincón maduro y perfecto que parece contradecir las oscilaciones de nuestro mundo y nuestro tiempo.

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Formar una biblioteca significa ejercer la curaduría de libros. Delimitar un tiempo, un espacio, un tema, un objetivo, y escoger los libros escrupulosamente, uno a uno. Cultivar los detalles, tener tiempo para las pequeñas cosas, ser optimista. Tener la capacidad de concentrarse en algo concreto, con un sentido del tiempo muy dilatado.

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La biblioteca es un organismo de relojería, pero también es un ser vivo. La biblioteca como dragón, decía Lezama Lima sobre Confucio. Meter el dragón, lo intangible, a la biblioteca, esa es la labor fundamental del compilador.

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Una biblioteca, diría Flaubert, no se hace como se hacen los niños, sino como se construyen las pirámides; una biblioteca es un proyecto premeditado que consiste en amontonar grandes bloques los unos encima de los otros, a fuerza de riñones, de tiempo y de sudor. Quizá no sirva para nada, pero, así como la pirámide, la biblioteca domina el desierto de forma prodigiosa.

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Un libro es una visión particular del mundo, un sentido. La biblioteca organiza un conjunto de libros y crea sentido en sí misma. Cada libro como un capítulo de un libro más grande y dilatado; la biblioteca es un libro amplio, profundo, desbocado, un catálogo mutable y mejorable.

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¿Qué es una biblioteca? ¿El lugar donde conviven numerosos caprichos? ¿Un catálogo móvil o un lastre insufrible? ¿Es educación, formación? ¿Es su prestigio? ¿Es unidad o es diversidad? ¿Las dos cosas? ¿Es humanidad, o sólo civilización?

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El tiempo biblioteca está compuesto de pausas. El ritmo de la biblioteca es atonal. El tiempo que uno le dedica a la conformación de una biblioteca es tiempo muerto. La idea de biblioteca existe únicamente en soledad.

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Fue en el siglo XVI cuando el libro alcanzó el rango de instrumento de utilidad pública. La biblioteca de París se fundó en 1522; la del monasterio de El Escorial, en 1565; la de Oxford, aunque fundada en 1334, fue reformada hasta 1602; la biblioteca universitaria de Harvard fue creada en 1638; la de Washington y la de Buenos Aires, en 1800. En 1789 la Revolución Francesa proclama la lectura como uno de los derechos del hombre: las bibliotecas deben ofrecer un servicio público de uso directo, colectivo y gratuito. La primer biblioteca pública de acceso libre se abre en Manchester en 1852.

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Si la biblioteca personal es reflejo de nuestra memoria y nuestra imaginación, ¿una biblioteca pública es el símil de la historia y el devenir de un pueblo? ¿Es legítimo leer a un pueblo desde sus bibliotecas públicas? Dicho de otra manera, ¿la biblioteca pública es una o es la suma de todas las bibliotecas privadas? ¿Existe la biblioteca hegemónica? ¿De verdad?

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En 1935 sir Allen Lane publica la colección Penguin Books. El siglo XX es, en la industria editorial, el siglo del libro de bolsillo; el libro por fin está al alcance de las masas, cualquiera puede ir formando su propia biblioteca.

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Sucede de repente que comprar libros se convierte en un hábito. A uno le agarra la costumbre de entrar a todas las librerías y no poder salir sin por lo menos un ejemplar. A uno le entra la manía de comprarlos y, sobre todo, la vanidad de colocarlos en un librero. Y luego, tarde que temprano, sucede que te quieres deshacer de algunos libros. Lo más curioso es que tienes por ahí un libro con una guía para hacerlo: el cuento de Monterroso titulado Cómo me deshice de quinientos libros. La biblioteca es enfermedad y antídoto al mismo tiempo; las bibliotecas son siempre circulares.

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Hace poco, en una de esas librerías que llaman «de viejo», compré un libro que desde el título consideré práctico y muy útil: Nociones de teneduría de libros. Como no sé mucho de números y al parecer menos de palabras, supuse que teneduría venía del verbo tener. Supuse un libro genial; mi nueva adquisición me iba a decir, de una vez por todas, qué libros tener y qué libros no tener. Como mi librero comenzaba a gozar de un superávit imparable, consideré a este libro como la solución perfecta. Ya en mi casa, leyendo por fin el libro frente al librero, me di cuenta que teneduría se refiere –quién sabe por qué– al arte de llevar los libros de contabilidad. Conservo ese ejemplar como muestra de mi estupidez. Sospecho que la biblioteca es el repetido testimonio de la ignorancia y la ingenuidad humana.

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«Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad esta de poseer muchos libros». ~Augusto Monterroso.

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Umberto Eco, no conforme con el precio que le pegan a los libros en la librería, hizo un cálculo sobre el costo real del libro. Averiguó el precio del metro cuadrado de una casa promedio, calculó el precio más barato posible para un librero con seis estantes, consideró que en un metro caben unos cincuenta libros; hizo las multiplicaciones necesarias, dividió el resultado entre el número de metros y lo multiplicó por el valor del metro cuadrado de la casa en cuestión. El resultado fue revelador: la colocación de cada libro era más cara que el precio impuesto en la librería. Es como si la librería donde compraste el libro te estuviera diciendo: anda, llévatelo, que a nosotros nos está costando más tenerlo aquí. Moraleja: si te regalan un libro, exige un cheque por la diferencia: considera el costo real del libro.

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Los libros y el mundo. O el mundo y sus libros. ¿Qué fue primero, el libro o el mundo? Sí, el mismo tema del huevo y la gallina, sólo que ahí siempre se nos olvida el gallo. En el principio fue el verbo, dice el Génesis. En realidad el verbo no es otra cosa que el gallo que va y se enverba con la gallina, y entonces sí que aparece el huevo. En el principio fue el verbo: somos seres conjugados. Pero entonces, ¿el libro o el mundo?

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«A principios del siglo XIX, en Memphis, dos de los primeros miembros de la logia se preguntan cómo inventar un país. Uno, que es millonario, desecha la idea (¿puede haber algo más redundante, en la Norteamérica de 1820, que inventar un país?) y propone la invención silenciosa de un planeta. El modelo a seguir, previsiblemente, no es el mundo sino uno de sus testimonios más escrupulosos: los veinte tomos de la Encyclopaedia Britannica. El millonario Buckley ‹sugiere una enciclopedia metódica del planeta ilusorio›. La idea es casi un logotipo de la razón borgeana: redactemos la enciclopedia del nuevo mundo y el nuevo mundo vendrá después, por añadidura, como una irradiación del libro». ~Alan Pauls, El factor Borges.

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La palabra, el verbo, el libro, la biblioteca; ahí se encuentra el resultado de nuestra civilización y, por lo tanto, nuestra mejor esperanza.

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Hay muchas maneras de afirmar pero sólo una de negarlo todo: quemar tu propia biblioteca.

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Uno de los más importantes beneficios de tener tantos y tantos libros es darse cuenta de la grandeza de otros, de la torpeza de uno y, en consecuencia, la idea de que es preferible dejar de escribir.
 


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