SB 24
Octubre - noviembre 2014
SB 23
Agosto - septiembre 2014
SB 22
Junio - Julio 2014
SB 21
Abril - Mayo 2014
SB 20
Febrero - Marzo 2014

Discriminación de género

Jamás hablo de cosas personales. Bueno, va de nuevo: suelo no hablar de anécdotas personales. Pero esta vez he dicho basta.

Mi marido, @EL_Moskar, y yo formamos junto con nuestro hijo de seis años una familia que va al súper, al doctor, a la clase de natación, al trabajo, a la escuela. O sea, somos normales.

Pero aparentemente no lo somos. Aparentemente nuestra familia se compone de una mamá, un hijo y un ser invisible.

Porque siempre que vamos al súper, a la escuela, a una fiesta infantil, a la clase de natación, aparentemente mi marido deja de existir o no se ve. Todos se dirigen a mí.

Que la inmensa mayoría de los asuntos domésticos o de los hijos son llevados por mujeres en este país, no lo discuto. Pero no entiendo cómo es que, si mi marido está presente y es el que formula preguntas o inicia una conversación o se dirige a un interlocutor cualquiera, invariablemente eligen responderme a mí.

Si estamos en la clase de natación y él pregunta que cuánto cuestan las clases individuales, el señor que atiende me voltea a ver a mí y me dice: «señora, las clases grupales son muy buenas, ¿no ve que su hijo ha avanzado mucho?».

Si mi marido va a la junta de la escuela en la que se discute cómo organizarnos para un próximo campamento, la señora amabilísima que apoya en la organización le contesta: «yo me comunico con su esposa para explicarle».

Si en la escuela mi marido le comenta a la maestra de inglés que queremos saber cómo hacer para que Pedro practique más, ella me voltea a ver a mí para preguntarme: «¿y ustedes saben inglés?».

Si en el súper Óscar pide que le den jamón con la rebanada delgadita, la dependienta corta una muestra y me ve: «¿así está bien, señora?».

El único que parece que sí ve a mi marido es el pediatra. Lleva seis años dándose cuenta de que en mi familia Óscar también administra medicina, también lleva a Pedro a revisión, también se levanta en la madrugada a revisarlo, también sabe si su tos es seca o no, si comió o no una cochinada y si su temperatura fue superior a 37.5 grados.

Pero es el único que parece saber que mi marido existe.

Mientras, tendremos que seguir viviendo que cada vez que vayamos a una fiesta infantil, aunque sea mi marido el que esté al lado de Pedro cuando le pega a la piñata, a mí sea a la que me digan o me griten (aunque ni esté cerca): «ya le toca el turno a tu hijoooo».
 


Artículos Relacionados:

Pasear es disolverse

Me ha tocado vivir en un lugar en el que me encapsulo para trasladarme, y me muevo por rutas y caminos que exigen mi atención y demandan todos mis sentidos. Por si eso no...

Leer más

El cementerio de autos

Fue hasta la tercera vez que vimos Gravity –semos lentos– que caímos en la cuenta que, contrario a lo que se dice al principio de la película, la vida en el espacio no es...

Leer más

Ruidos, sonidos y silencios urbanos – Vistazo...

Como cada año, la edición otoñal se deshoja en dos: la revista tradicional y un suplemento literario que esta vez trató sobre los ruidos urbanos....

Leer más
Correr - Sada y el bombón

Correr: el acto urbano por excelencia

El ser humano corre desde que se descubrió con piernas, pero corre como un acto romántico desde que se descubrió sedentario. Ser nómada significa ser pura circu...

Leer más

Publicidad