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Imagen © Morbid Obesity

La obesidad: el refugio de los atribulados

El Presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, informa que:
 

México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y adulta. Alrededor del 70% de la población mexicana sufre de sobrepeso y obesidad.

 
Cuando se pretende atribuir la mayor y más grave crisis sanitaria en la historia de México a la publicidad y disponibilidad de productos chatarra, se observa que dicha explicación es cuando menos simplista e ingenua. Un análisis más profundo, descubre que la creciente obesidad reside en factores psicológicos y existenciales hasta ahora no valorados.

No es coincidencia que cuando uno asiste a un evento masivo, al que concurren las clases proletarias (sic), se encuentre con que cada vez más personas ostenta un mayor volumen corporal. El hecho de que los casos de sobrepeso y obesidad se concentren en las clases sociales más desfavorecidas, pone de manifiesto el verdadero origen y trasfondo del problema.

De acuerdo a los estudios sobre «Psicología Profunda» de Anna Freud, plasmados en su libro El yo y los mecanismos de defensa: «Los métodos del defensa que el yo llama en su auxilio no se dirigen contra la vida instintiva, sino directamente contra el mundo exterior que los frustra o amenaza». Así que si la diabetes, los problemas circulatorios y la hipertensión se presentan como amenazas al hombre obeso, los balazos, la inseguridad, la precariedad laboral y circunstancial en este convulso país superan el temor a las enfermedades derivadas y concomitantes del sobrepeso.

De esta manera se conoce que la obesidad es el refugio de los atribulados, de los pobres, de los pobres diablos, de los atemorizados; de quienes han perdido su seguridad e identidad. Es el muro adiposo que construyen en torno a si, la muralla tras la que se resguardan. Por eso encontramos al obrero alienado, a la mujer desposeída, al hombre mísero, al angustiado, al del corazón roto, al etcétera reposando abstraídos con una bolsa de frituras en una mano y un refresco en la otra; son estos los ladrillos y el mortero con los que levantan el muro, lo engrosan y refuerzan. Cuando nos acercamos a un hombre delgado, estamos mucho mas cerca de su alma que de lo que jamás llegaremos a estar de la de un obeso mórbido. Si situamos el alma en corazón o vientre, de ésta nos podrán separar hasta 20 o 30 centímetros. En la representación delirante de la psicosis, un talismán sirve para significar un objeto que el paciente ha deseado o perdido; esta mística panza de buda es el escudo protector. La posesión de esta barrera representa la protección contra amenazadores poderes externos, he ahí la psicosis colectiva y el mecanismo de defensa.

Esta clase de hombres fortaleza es la que ha decidido alejar su piel de su alma, para así no exponerse a sufrir daño. Por esa misma razón, es que cada vez más niños de los estratos económicos y sociales más bajos se presentan a tempranas edades con rostros redondeados y abultados vientres. Sucede que sus padres, incapaces de proveerlos de una salud adecuada, un entorno seguro o una educación promisoria que les auguren cierta certeza respecto al futuro, les entregan refrescos y golosinas. «Anda hijo, levanta un muro», les dicen de modo paternal.
 


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