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A paso de perro

Me gusta caminar por la calle de Arenales hasta Scalabrini Ortiz. Ir chusmeando por todos los predios, ver cómo los porteros lustran los metales exteriores de sus edificios. Es muy temprano, corre un aire fresco, y así, caminando desde Cerrito, voy meditando en compañía de diez canes. Nunca imaginé terminar como paseador de perros. Llegué a Buenos Aires con otras intenciones, quería establecerme bien, ganar mucha plata, pero nada salió como esperaba y aquí estoy, caminando por las calles porteñas. Cruzamos Coronel Díaz, Anasagasti, Bulnes, Vidt y Salguero.

Viajo en colectivo desde Barracas hasta Microcentro. Ahí inicia mi caminata para recoger animales, pasear junto a ellos y ganar algo de plata. Una a una voy colocando las correas en mi muñeca como si fueran brazaletes. Una, tres, cuatro, ocho correas. Los perros quietos y obedientes, listos para caminar por las calles porteñas.

Mi rutina cambia poco. Todos los días me despierto al cuarto para la seis; pongo algo de agua en la pava sobre la hornilla eléctrica y me hago un té Cachamai, de hinojo y anís. Nunca me gustó el mate, ni con azúcar, ni en saquito, mucho menos en la matera, no me gusta eso de compartir la bombilla con amigos o extraños. A las seis y cuarto ya estoy en camino a Recoleta, uno de los barrios emblemáticos de la ciudad, lleno de viejos y perros. Desde mi departamento en la calle Vieytes, avanzo unos veinte minutos en colectivo hasta la esquina de 9 de Julio y Santa Fe; después, un cuarto de hora caminado hasta la calle Uruguay, vuelta a la derecha hasta Juncal. Carola es mi primer cliente, es una perra golden de pelo largo que sufre de un ojo. Caminamos por todo el barrio recogiendo a Negri, Princesa, Tomás, Amín, Scott, a Manchas y a Juancho. De ahí tomamos Arenales hasta Plaza Italia.

Ser paseador de perros tiene sus ventajas: caminas mucho, algunos te ven con buenos ojos, conoces otras vidas, paseas y además puedes ser autoritario y macho con los perros y no pasa nada. Plaza Italia, Thames, Paraguay, Juan B. Justo. Ser paseador de perros es también ser un mapa de ciudad con anotaciones al margen; por ejemplo, la avenida Jorge Newbery lleva el nombre del famosísimo aviador argentino al que todos conocían como Señor Coraje.

Seguimos caminando. Pasa el autobús turístico y somos víctimas de las cámaras de los turistas, les digo comemierdas –y algo más–, pero hacia dentro de mí. Me duele la muñeca, así que tengo que cambiarme de mano las correas.

Pasear perros y caminar con ellos no es negocio malo; veinte pesos por animal, en bloques que van de cuatro a cinco horas. Trabajo dos turnos, seis días a la semana en promedio, tengo un sueldo similar al de un burócrata de medio pelo, pero claro, esto es más lindo que ser funcionario público y estar sentado en una oficina comiendo mierda cada tanto. Acá estás fuera, al aire libre, caminando por las calles y registrando la historia de todos los días paso a paso, literal. Yo con ocho acompañantes, caminando con un buzo puesto con el logo de River.

Avanzamos por Paraguay y cruzamos Humboldt, Fitz Roy, Bonpland, Carranza, Ravignani y Arévalo. Ser paseador de perros es llevar registro involuntario del paso de la vida: escucho a tres viejos decir que la presidenta es una conchuda, dos bolivianos hablan sobre los costos del vuelo a La Paz, dos chicos retándose a las puteadas por el mal partido del viernes entre Boca y el recién reincorporado a primera, el River Plate. Cruzamos Arévalo, vuelta a la izquierda hasta Honduras y, a partir de ahí, emprendemos el regreso.

Descansamos sobre el parque que está en la esquina de Honduras y Darwin. Ahí hay un canil en el que encontramos a otros perros y paseadores. Recientemente, la municipalidad ha mandado bardear todas las áreas verdes de la ciudad, tal vez con la intención de evitar que los perros entren a cagarse y que vagos e indigentes las tomen como casa, como cama y como baño. Los otrora parques bonaerenses, abiertos y descarados como indicio de la libertad imperante, ya no son más ese espacio democrático de juego, de siesta y de amores furtivos. Ahora existen los caniles, esos predios cerrados donde las cosas fluyen diferente. Mientras los humanos conversan, los canes juguetean y dan rienda suelta a sus gozos e impulsos. Sólo hay un Akita que se dedica a dormir y contemplar el movimiento ajeno.

Termino mi almuerzo y seguimos camino sobre Honduras hasta plaza Borges. Llegando ahí, topamos de frente con un letrero que dice: Plazoleta Cortázar. De regreso por Honduras, pasando Armenia y Malabia, hasta Scalabrini Ortiz para tomar Charcas.

Llevamos cerca de 40 cuadras, de Barrio Norte a Palermo y de regreso, más de tres horas de camino, de pensamientos, de recorrido, intercambiando miradas con algún transeúnte, fumando faso. En el recorrido, los perros caminan frente a mí, gallardos a ratos, olisqueando el concreto, chasqueando sus uñas contra los bloques de cemento de la vereda –clic, clac, clac, clac, clac–, haciendo un alto colectivo cuando nos toca el semáforo en rojo, avanzando en conjunto con la luz verde que parpadea.

Continuamos sobre la calle Larrea y los perros ya están cansados, no interactúan, sólo se huelen. Parece que algunos ya no quieren continuar. Hacemos una parada para vaciar el cuerpo. Esto es algo que no me gusta de ser paseador, recoger y recoger mierdas, como si uno no tuviera suficiente con lo que vive día a día con la gente. Tragar gordo, recoger mierda.

Avanzamos, comienza la entrega, dejamos a la Negri en casa, la vieja dueña nos comenta lo mal que ha seguido del corazón; la perra, no ella. Por lo menos con nosotros no ha mostrado ni un ápice de flaqueza. Tal vez le gusta olvidarse por unas horas de ese departamento que huele a neftalina, frente al parque Vicente López. Dejamos al Manchas, subo rápidamente al edificio a entregarlo con la esperanza de que me dejen usar el baño. Camino sobre mis pasos para dejar al resto del pelotón. Pasear perros, caminar las calles, hacer sumas y restas de lo perdido y lo hallado, vislumbrar la debacle. Ya no tengo los mismos sueños de antes –pienso mientras camino.

Termino el reparto y tomo el autobús. No puedo caminar más. Una hora de descanso y vamos al siguiente turno. En éste, paseo dos perros de una mujer diabética que vive en el barrio de Retiro, en la misma calle donde fue el atentado a la AMIA en 1994. A este par se le unen Capitán –un pastor alemán bipolar de muy malos hábitos–, Blanquita y Pelusa, dos salchichas viejas, y La Biche, una cocker que se llama igual a la perra de Onetti, el escritor uruguayo.

La tarde es más pausada y termina la jornada en la calle de Suipacha, pasadas las ocho de la noche. A veces ceno, y si mis amigos tienen algún plan, me sumo con las últimas fuerzas del día. Aquí en Buenos Aires uno puede ser todo lo que quiere, o al menos eso parece, sólo hay que pasar una prueba muy larga de resistencia. Ahora quiero trabajar en una librería. Combinar las dos cosas, pasear perros, vender y recomendar libros, tal vez uno de estos días me dé una vuelta por la librería Guadalquivir, la que está sobre Avenida Callao. Les pediré hacerme cargo de la sección de plantas y animalitos.

Eso sí, no pienso dejar los perros. Además de ser compañeros en largas caminatas, son siempre de lo más agradecido. Algún día Lord Byron dijo –según recuerdo– que su perro poseía «belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad y todas las virtudes del hombre sin sus vicios». Estoy de acuerdo, me digo y asiento con la cabeza mientras desciendo la escalera del subte en la estación Tribunales.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

 


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