Si te paras en la puerta del Alquimia (el bar queretano que está en 5 de Mayo) y volteas hacia Plaza de Armas, verás la definición de proporción: las ventanas sugieren la altura de los queretanos, los balcones revelan el tamaño de sus pies, los barandales advierten el largo de los huesos sus brazos, las puertas señalan el ancho de sus carruajes, la altura de las banquetas evidencia el largo de los huesos de sus piernas, etcétera. Si de repente –de sopetón– desaparecieran los queretanos, todas sus características físicas podrían deducirse y reconstruirse de esa escena urbana, de esa vista hacia Plaza de Armas. Eso es la proporción en una ciudad: la representación urbana de las medidas físicas del Hombre.
Las medidas ideológicas, imaginativas o morales se deducen por la escala. «No por usar tacones tienes mayor estatura moral», le decía la bisabuela de Sada al bombón; es decir, las medidas de una ciudad son la representación de las ideas y las aspiraciones del Hombre. La silla Papal, por ejemplo, es enorme porque el Papa pretende ser el representante de Dios en la Tierra, y al parecer Dios es de hueso ancho.
Las medidas de una ciudad, un barrio, una calle, una banqueta y una plaza dependen del tamaño físico e imaginativo de sus habitantes. Las banquetas del centro histórico de Querétaro, por ejemplo, exhiben tanto nuestro pequeño y menudo cuerpo como nuestro deseo todavía conventual de caminar en fila india. Asimismo, la escala de las banquetas es proporcional a la plaza que tomamos como principal –la «plaza de los perritos» es una de las más pequeñas plazas de armas de México, además de curiosas: carece de Catedral.
La proporción es la correspondencia de las partes con el todo. La escala es el tamaño en el que se desarrolla una idea. La proporción es relación. La escala es graduación. A partir de la proporción y la escala de una ciudad podemos demostrar las graduaciones y las relaciones que existen entre sus habitantes; la cantidad y calidad de los vínculos que creamos con nuestros vecinos dependen de la proporción y la escala urbana.
Para comprender mejor las escalas o gradaciones urbanas, recorre el camino de un aeropuerto a una ciudad (la ciudad de México no cuenta porque es La suma de accidentes urbanos). La primera escala es en el trayecto de la carretera, con esa velocidad y espacios abiertos, en donde casi no se ve nada, o por lo menos no a detalle. Luego vienen las primeras salidas, desviaciones, la velocidad del auto baja de forma natural y los elementos se acercan, se ven con más tiempo, más cercanos. Luego vienen las entradas a los barrios, los primeros semáforos de grandes avenidas, en donde hay detalle, aunque todavía no se aprecia del todo bien porque seguimos en movimiento. Luego entramos por calles secundarias, deteniéndonos en las esquinas, hasta que encontramos la calle del hotel o la casa, y vamos despacio buscando el número: la escala es ya casi humana, se sienten los elementos, los materiales, la atmósfera. Bajamos del auto y entramos a una construcción, a velocidad nuestra, y esa es nuestra escala humana –el 1 a 1– en donde podemos observar y sentir absolutamente todo, es decir, cómo nos sentimos respecto a lo que nos rodea.
Si una ciudad fuera una partitura musical, los espacios llenos (casas, edificios, oficinas, bodegas) serían los sonidos, mientras los espacios vacíos (patios, plazas, camellones, jardines) serían los silencios. En esta partitura urbana, las bodegas industriales son los sonidos estridentes, las oficinas corporativas son los agudos, las casas son los graves; los patios caseros son los silencios breves, las zonas naturales protegidas son los silencios prolongados, insondables.
Para comprender el ritmo urbano, camina, por ejemplo, por las banquetas del centro de Guanajuato y pon atención en la visión musical: un túnel, una calle con autos, una plaza, un callejón angosto, una explanada, otro callejón angosto, un jardín.
Hay un cambio de escala entre las calles que preceden las plazas y las plazas mismas. Estos ritmos urbanos, la mayoría de las veces, son planeados por los urbanistas.
La idea de proporción es tan vieja como la proporción de las ideas. Los griegos observaron que las partes del cuerpo están proporcionadas entre ellas: la planta del pie es un sexto de la altura del cuerpo. Eso les sirvió como elemento principal para obtener las escalas de sus templos (la columna determinaba el tímpano y el basamento), que aunque son muy altos, acogen al hombre. Lo orientan.
La antítesis del templo griego es una bodega industrial vacía. La escala es tan inmensa, las proporciones tan inauditas, que de inmediato te sientes sobrecogido, desorientado –a menos de que entres en un camión.
«El Hombre es la medida de todas las cosas», dijo tanto Protágoras como Da Vinci, Le Corbusier y tantos más. Es un lugar común, pero a veces se nos olvida. Basta caminar por alguna de las múltiples banquetas hechas a la medida del espagueti. O tratar de caminar por alguno de los nuevos «barrios» urbanos hechos a la medida del Hummer –un auto que suele ser conducido por un pequeño y escuálido hombrecito.
El caso más lamentable de desproporción urbana en el Bajío es la estatua del Pípila en Guanajuato. A juzgar por las proporciones de esa estatua, somos deformes.
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