«Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… en el quinientos seis y en el tres mil también», cantaba Enrique Santos Discépolo en su tango Cambalache. Esa «porquería» se la atribuía al cambalache social: el ignorante que pasa por sabio, el derecho que es acusado de traidor. Quizá su descontento provenía de pasar de arriba a abajo, pues, visión contraria, Johnny Laboriel cantaba su Vida es una tom tom tómbola con mucha alegría y desenfado (él pasaba de abajo a arriba). Tómbola, cambalache, péndulo, dialéctica, no importa el nombre, el concepto es el mismo: la sociedad se mueve para avanzar, aunque no sea siempre para adelante.
Visto así, no es el respeto lo que está en peligro de extinción; desde el quinientos seis ha habido personas irrespetuosas. Lo que está en peligro de extinción es la respetabilidad. No es que seamos irrespetuosos, sino que hemos dejado de ser respetables. Y si hemos dejado de ser respetables, ¿cómo podemos siquiera ser irrespetuosos?
Si el abuelo no tiene historias que contar, ¿cómo tener respeto por las canas que esconde? Si el maestro no tiene descubrimientos que enseñar, ¿cómo mostrarle cualquier tipo de respeto?
Viejos que no llegan a ser abuelos, instructores que no llegan a ser maestros, turistas que no llegan a ser viajeros; empresas que no emprenden, monjas liberadas, curas sin sotana. Pero, eso sí, todos mostrando un orgullo insolente. «¡Soy una foca, algún problema!» Quizá entonces lo que está en peligro de extinción sea el sentido del ridículo.
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