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Robarse a la novia –Sobre placeres deshonestos y deseos terrenales. Ah, la concupiscencia

No ha existido un robo de novia más dramático y estremecedor que aquel escrito por Federico García Lorca en Bodas de sangre. En plenos festejos nupciales, después de casarse pero antes de que el matrimonio entre la Novia y el Novio fuera «consumado» (gran eufemismo), Leonardo agarra a la Novia, la trepa a su brioso caballo y se escapa con ella al bosque.
 

Que yo no tengo la culpa
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

 
Así justifica Leonardo su pasión desbocada. Mientras tanto, en la boda, la Sonora Dinamita: ♫ Es-can-da-lo ♪ es un escándalo ♫

Algunos pueblos del Bajío siguen representando, a su modo, esta obra de Lorca. En Apaseo el Grande, por ejemplo, es algo común –y bastante corriente– que en plena fiesta de XV años el Chambelán se escape con la Quinceañera. Tras el vals, el Tímido niño que desde la primaria estuvo enamorado de la ahora quinceañera exclama: «¡Han huido! ¡Han huido! Ella y su Chambelán pelafustán. En la bici. Van abrazados, como una exhalación». ♫ Es-can-da-lo ♪

Esto sucede en nuestros pueblos, aunque cada vez con menos frecuencia. En nuestras ciudades sucede todo lo contrario. Para empezar, ya nadie se escandaliza de nada. Luego, si acaso alguien se deja robar, ese es el novio. Y, por último, ya no hay robos, sino puras devoluciones.

Hemos dejado de ser robables, ya no damos el ancho. Nos hemos vuelto correctitos, de nuestros pechos y nuestras trenzas ya no sale otro olor que el del bótox y el champú. Nos hemos vuelto cosmopolitas. Hemos perdido la tierra.
 


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