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En peligro de extinción: los hobbies

El doctor que escribía sonetos; el ingeniero que todas las noches se encerraba en su estudio –y en sí mismo– para «armar carritos»; el arquitecto que cuidaba su jardín y que se entusiasmaba implotando su bonsái; la señora –«la señora de la casa»– que se fascinaba estudiando la literatura del Siglo de Oro, incluso tenía por ahí un libro de ensayos guardado en el baúl; el contador que sentía alegría de veras con los vinos, que visitaba todos los viñedos, probaba nuevas cepas y abría y abría botellas; la alta ejecutiva de piernas patizambas que se desestresaba no haciendo yoga, sino montando, todos los domingos, religiosamente, su caballo…

Cualquier hobby, aunque se realice en compañía, es una actividad íntima, sincera, auténtica. Una ocupación completamente inútil y perfectamente absurda. Quizá por eso los hobbies están en peligro de extinción. En estos tiempos prácticos y productivos, fugaces y estériles no hay espacio para pasiones absurdas y extravagantes.

Hay espacio para el trabajo, cualquiera que éste sea: económico, social, familiar, deportivo. Ganar dinero, frecuentar a los amigos, apoyar a la familia, mantenerse saludable. Todo en regla, una vida correcta. Pero también una vida corta, pues un día te jubilas, tus hijos se van de la casa, tus amigos se mudan a los Jardines del Edén y te quedas con tu vida correcta y con tu muerte segura, que, por cierto, es lo más correcto en esos casos.

Un hobby no es un gusto –no es ir al cine, no es platicar con los amigos, no es correr, no es ir a conciertos–, un hobby es una pasión. Que desaparezcan los hobbies es sólo un eufemismo para decir que se extinguieron nuestras más íntimas y auténticas pasiones.
 


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