Lo que yo nunca querría es ser estatua: a las estatuas las cagan las palomas. En cambio una estampilla me gustaría más. Es bonito eso de la estampilla: sirves para la comunicación y, además, te están lamiendo todo el tiempo.
Las estampillas postales tenían tres funciones principales. La primera y más obvia era la de certificar las cartas cuyo envío había sido ya prepagado. Pegar una estampilla en un sobre era la forma oficial de decir «señor cartero, con esta rúbrica garantizo que no le estoy viendo la cara; he pagado ya sus honorarios, así que puede ir tranquilo a entregarle esta carta a mi bienamada».
La segunda función no era económica, sino, en cierta forma, diplomática. Ya que el cartero recorrería calles, pueblos, ríos, ciudades, mares y continentes para entregarle cientos de cartas a la misma bienamada (al bombón, por supuesto), a alguien se le ocurrió el gran detalle de incluir en la estampilla un guiño del lugar de origen: paisajes, monumentos, personajes. Los timbres postales fueron así los primeros embajadores.
Estas dos funciones resultan hoy irrelevantes: el correo electrónico es «gratuito» y a nadie le importa ya el lugar desde donde escribes tu mensaje. Si antes los timbres postales decían «he pagado cien viejos y devaluados pesos para escribirte desde la capital mundial de la cajeta», ahora el email va acompañado del insípido y mamón mensaje «sent from my iPhone». Hemos cambiado al cartero por el Gmail y a la geografía por los gadgets.
Todo esto está bien. El correo electrónico es más práctico, eficiente y rápido. Además, uno siempre puede incluir una foto del lugar desde donde está escribiendo el mensaje. El problema, lo verdaderamente grave, es la tercera y más importante función de las estampillas postales: aplacar nuestra profunda necesidad de relamer. Estamos hechos para el lengüetazo. Sin timbres postales –y sólo comunicándonos a través de una pantalla–, ¿qué o quién saciará el acaudalado ímpetu de nuestra lengua? ¡Quién!
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