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¡Vamos, Gallos! –Una apología emplumada y una especie de plegaria editorial para prevenir el fatídico futuro de los Gallos Blancos

Escribimos este artículo faltando seis partidos para el fin de la temporada. Seis partidos que son en realidad seis anti finales: los Gallos deben ganar no para coronarse campeones, sino para permanecer en Primera División; ganar para poder comenzar la próxima temporada en el fondo de la tabla. Ojalá.

Escribimos este artículo con los Gallos cuatro puntos abajo del San Luis, es decir, mantenerse en Primera División no depende enteramente del equipo queretano. Faltando seis partidos, necesitamos seis milagros que más o menos se reducen a esto: los Gallos deben ganar, el San Luis tiene que perder.

«Ganan los Gallos, pierde el San Luis». «Ganan los Gallos, pierde el San Luis». Repetimos esto como si fuera un plegaria porque lo es. A fuerza de repetirlo, nos encomendamos a que sea verdad.

¿Y qué más podríamos hacer? Por supuesto, ir al estadio, viajar a Morelia el 12 de abril, a Guadalajara el 28, hacerle al San Luis algún tipo de vudú futbolístico y dejar la garganta (el gaznate) en las tribunas; cacarear, una y otra vez: «¡Vamos, Gallos!».

Esta es nuestra manera de apoyar a nuestro fatídico equipo: repasar nuestra tradición futbolística y cantar las porras de la Resistencia Albiazul; como dice más adelante Pablo Duarte, comprender que nuestra afición es pura insensatez y vísceras.
 

 ¿Cómo llegamos a esto?

1950 Fundación del Querétaro Futbol Club. Juega en la Segunda División.

1954 Bautizo: 11 jugadores salen al campo cargando a 11 gallos blancos.

1956 Los Gallos Blancos se quedan a un punto de lograr el ascenso.

1977 Los Gallos pierden la final de ascenso ante el Atlante.

1978 El equipo es comprado, se fusiona con el Atletas Industriales y cambia de nombre a Atletas Campesinos. Asciende en 1979.

1981 El equipo regresa con el nombre de Gallos Blancos UAQ y juega en la Segunda División.

1985 Los Gallos juegan su primer partido en el Corregidora contra el Irapuato.

1987 Pierden en penales la final de ascenso contra los Correcaminos de Tamaulipas.

1988 Surge un equipo paralelo a los Gallos de la UAQ llamado Querétaro FC.

1990 El Tampico Madero se convierte en el Querétaro Futbol Club. ¡Jugamos en Primera División!

1994 El Querétaro desciende. Ni modo.

20012001 Se fusiona el Gallos de la UAQ con el Querétaro FC.

2001 Los Venados de Yucatán se encogen, les crecen plumas, les sale un pico y se transforman en los Gallos Blancos de Querétaro.

2001 El equipo se queda, ante el San Luis, a un victoria para lograr el ascenso.

2002 Tras adquirir a La Piedad, los Gallos regresan a la Primera División.

2004 Querétaro (e Irapuato) descienden al reducir la Primera División de 20 a 18 equipos.

2005 Tras coronarse dos veces campeones de la Primera División A, los Gallos ascienden a la Primera División de verdad.

2007 Descendiendo, que es gerundio.

2009 Los Gallos derrotan en penales a los Venados y ascienden a la Primera División.

2010 El equipo se salva del descenso tras lograr 21 puntos en la temporada.

2011 Con 8 victorias y 26 puntos, los Gallos clasifican a su primera liguilla. Pierden la semifinal contra los Tigres, mismos que resultan campeones.

2012 Año terrible: en dos temporadas, los Gallos sumaron 19 puntos.
 

«Se mueven todos en la tribuna, la Resistencia una locura»

De todas las barras que apoyan (¿y empollan?) a los Gallos Blancos –La Radical, La Familiar, La Corregidora, etc.– la más numerosa, rítmica y famosa es la Resistencia Albiazul.
 

Albiazul, eres lo que más quiero
Albiazul, si no te veo me muero
Albiazul, la banda esta re loca
Albiazul, vamo’ a ganar la copa.
Se mueven todos en la tribuna, la Resistencia una locura
Tenemos huevos, tenemo’ aguante…
Y a Gallos Blancos yo lo sigo a todas partes.

 
La Resistencia fue creada a finales del ’99. En ese entonces se llamaba Rebeldía Queretana, y su propósito era el mismo que el de ahora: reunirse entre amigos, entregarse al equipo y vivir y compartir el sentimiento de ser un aficionado a los Gallos Blancos.
 

Orgulloso estoy de ser un queretano,
orgulloso estoy del barrio en que crecí,
pero más orgullo es ser de Gallos Blancos,
es mi vida y se la doy, yo lo elegí.
Y vuelvo a estar, alentando en la tribuna es mi lugar
de corazón, doy mi vida por ver a Gallos campeón.

 
No llevan uniforme, pero comparten la misma camisa y colores. Comparten no sólo un sentimiento sino un aguante. El sacrificio que implica hacer los viajes a otros lugares y soportar los golpes (morales y físicos).
 

Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por eso es que muchos nos tienen envidia.
Yo sueño con verte toditas las noches, llego a donde juegues sin ningún reproche.
Por eso te quiero pues tengo presente,
lo grande de Gallos es toda su gente.
A veces me pongo borracho y te digo, que no es por las copas por lo que te sigo.
Ser de Gallos Blancos es un sentimiento, se lleva en el pecho no te pide nada.
No hay quien se compare en amor por su equipo, con tu gran hinchada.

 
¿Cómo es que tantas personas se pueden poner de acuerdo para alentar de la misma forma? ¿Cómo se aprenden los cantos? Primero un integrante se encarga de los arreglos, basándose en canciones ya existentes. De ahí se pasa la canción a una «primera línea»: los músicos que se aprenderán la canción para que ésta pueda después ser publicada. Así, todos los integrantes de la Resistencia llegan el sábado con la canción ya memorizada.
 

El sábado lo dejo todo, me voy a ver a Gallos
porque sus jugadores me van a demostrar,
que salen a ganar, que quieren salir campeón…
Que lo llevan adentro, como lo llevo yo.

 
La Resistencia es una de las pocas barras que continuamente está produciendo canciones originales.
 

Ya todos saben y no niego que sufrí en el descenso,
pero el amor por tus colores ese no va a cambiar.
Todos pensaron que después de ese mal año te iba a dejar de lado,
pero Querétaro es de huevos y se va a levantar.
Y cuando estemos en primera otra vez sabrás muy bien que nunca te abandoné,
porque el amor por tus colores nunca va a descender.

 

¡Únete a la Resistencia Albiazul!

Cuando los Gallos juegan de local, llega dos horas antes del partido a la puerta sur del estadio Corregidora. Vete vestido de azul con blanco y preparado para cantar las canciones que aquí pusimos.

Próximos partidos:

Sábado 6 de abril: Querétaro vs. Cruz Azul

Viernes 12 de abril: Morelia vs. Querétaro

Sábado 20 de abril: Querétaro vs. San Luis (el partido decisivo)

Domingo 28 de abril: Guadalajara vs. Querétaro

Sábado 4 de mayo: Querétaro vs. Puebla

 

¿Resistencia a la Resistencia?

Tener un equipo local es vivir –cada dos sábados– el Mundial a escala. Tan sólo en el partido de los Gallos contra el Atlas, por ejemplo, el estadio Corregidora recibe a más de 34 mil espectadores –sin contar las otras miles de personas que ven el partido en una pantalla al aire libre– y unos 3 mil 500 autos –más todos los que prefieren improvisar su estacionada en los alrededores. Las vías se atascan, los conductores se entorpecen, las porras se encuentran, la policía –con más de mil 200 elementos federales, estatales, municipales y privados– despliega sus operativos para que los aficionados se sienten con su cerveza sabatina a ver a los Gallos. Cada quince días, la ciudad se traslada a un óvalo de cemento y plástico que contiene una urbe al borde del colapso.

Para los que no les gusta el futbol, este descomunal evento representa una mini vacación de tres horas: el tráfico disminuye, los restaurantes se vacían, es más ameno ir al cine, los ruidos se reducen y hasta la vigilancia se relaja. Nos guste o no, el futbol es el único deporte que afecta considerablemente nuestra urbanidad.

 


 

Insensatez y vísceras, por Pablo Duarte

 

I.

Empecemos por lo primero. Soy aficionado al equipo de la localidad: los Gallos Blancos del Querétaro. No soy tan aficionado que puedo recitar los nombres y números de la plantilla completa, pero sí como para saberme los suficientes para proponer variantes a mi alineación ideal. No soy tan aficionado que viajo con el equipo cuando juega fuera del Coloso de cresta roja, pero sí lo suficiente como para convencer a la chica que me gusta de ir conmigo del DF a Querétaro a ver algunos partidos de local –llevamos dos. No soy tan aficionado como para justificar las pifias recurrentes en la cancha, pero sí como para estar convencido de que esta temporada, como guerreros poetas, los jugadores lograrán arrancarse de la fatalidad y salvar la categoría. No exagero: guerreros poetas. Así de aficionado.

Seguramente estará de moda ponerse la franela del equipo raro. Seguro habrá una pequeña corriente dentro de los excéntricos que buscan afiliarse con pasión a las causas perdidas como signo identitario distintivo. En otras palabras, hay quienes mamonean ostentando sus rarezas. No es mi caso. Pero aún así me justifico: irle al Gallo es convicción desde la adolescencia, cuando el estadio La Corregidora parecía centro comercial semidesierto. Cuando todavía tenía que pedirle dinero a mis padres para comprar el boleto, ya me enfundaba la desilusión que cada fin de semana nos ofrecían aquellos equipos sotaneros, nuestros equipos. Era una puesta en práctica de esa maldita frase resobada de Camus; o de una variante: todo lo que sé de la vida, se lo aprendí a esos Gallos Blancos.
 

II.

Y lo primero que aprendí es que hay que estar en buenos términos con el fracaso. No quiero decir que aprendí de un equipo de futbol itinerante a ser un hippie que abandona todo porque nada vale la pena emprenderse y mejor fluir con el cosmos. Al contrario: el Gallo Blanco educaba en los valores de la industria despeñada, del esfuerzo trunco por la fatalidad. Toda gambeta, parecían decir esas tardes sudando en la platea de sol, tiene un anverso y es el tropiezo, la torcedura, el tapón decisivo, el gol en contra. Y ese anverso es formidable y cotidiano.

Ahora bien, ¿qué fue primero, el Gallo o el fracaso? Esa es la pregunta. Le voy al Gallo porque le voy al fracaso y porque le voy al fracaso le voy al Gallo. Y así. Las enseñanzas de fin de semana estaban ahí y yo estaba tan dispuesto a escucharlas y hacerlas mías que no seguí el camino de mis compañeros: racionales, mandaron al carajo a esa bola de mediocres y se aficionaron a un equipo más afín a sus expectativas. No sabría decir cuál de los dos echó andar este idilio, pero tengo para mí que el fracaso y el Gallo son iteraciones de la misma fuerza natural: ese óxido del espíritu, esa entropía de las ilusiones.
 

III.

Estamos a seis partidos de que concluya esta temporada. Los Gallos están, al momento, hundidos en el fango. Necesitan por lo menos una victoria y un empate para sacar la nariz del lodazal y no morir indignamente ahogados. Uno, con ellos, aguanta la respiración. Y están ganando. Sacan empates donde no había nada; ganan partidos con un gol aislado y tres intervenciones milagrosas de los postes y el portero. Es decir, dan esperanza. Y uno, con ellos, se ilusiona. Pero también uno sabe que la ilusión es nuestro fango. Que, así como los Gallos hacen lo improbable y derriban las quinielas, así también repta por ahí ya el fracaso mimético, el que se pinta de los colores del azar y el mal destino.
 

IV.

Quizá alguien ya lo dijo. Si no, habría que consignarlo: la afición es una pura insensatez y vísceras.

 


Investigación e información de la Resistencia Albiazul: Paulina Flores.

 


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