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Viajar en pareja: siete tipos de relación

Viajar es un acto continuo de intercambios. Yo doy mi dignidad, el avión me da poder; doy mi vista, el paisaje me da imágenes; doy dinero, el barman me da unos drinks; doy atención, el museo me enseña. Tiempo por reflexiones, recursos por experiencias, entrega por recuerdos.

Viajar en pareja (amigos, novios, esposos o hermanos) es una de las formas más comunes de hacerlo, y, tal vez, la que más satisfacciones instantáneas otorga. Viajar con alguien representa también la relación de dar y recibir; si no fuera así, estaríamos siempre viajando solos. Las igualdades o desigualdades en esta relación –frágil ya, naturalmente– cambian totalmente el sentido del viaje, le dan un color irrepetible, una óptica particular.
 

La relación económica

Suponemos que por cariño o amor, uno de los dos paga el viaje (o gran parte del viaje), lo cual le otorga la libertad de hacer y deshacer, de (amablemente) imponer itinerarios, sentarse a comer aquí y no allá. Da cierto poder, por supuesto, y bien usado deviene en libertad: nadie podría culparme si elegí mal, si la cuenta es alarmante, si me quiero levantar tarde y acostar tarde: yo estoy pagando, así que puedo llevar el viaje y el ritmo –y no dicatatorialmente, no; puede ser de manera cortés. La otra persona, si acaso tímida, se deja llevar y disfruta todos los momentos, aunque podría, de repente, sentirse acallada, aburrida o incluso temerosa.
 

La relación espontánea

Ésta es tal vez la más común de las relaciones de pareja en un viaje: todo se decide en el momento, desde el itinerario del día hasta las actividades que se tendrán que sacrificar por falta de tiempo. Si la pareja se ha probado ya en otros viajes, seguro es buena idea seguir haciéndolo así. Después de todo, una de las cosas que sólo puede otorgar un viaje es la novedad sensorial: ver algo la primera vez, detectar un sabor nuevo sin saber qué es, desconocer el terreno o despertarse en la noche sin saber dónde estamos (ergo, desconocerse a uno mismo; por un segundo no saber quiénes somos y qué cuerpo habitamos). En la relación espontánea no importa la equidad: ambos dan y reciben sin tener consciencia de ello.
 

La relación paternal

Su tono es educativo y a largo plazo. Así como se invierte en la formación universitaria de un hijo, se invierte en un viaje con alguien (no necesariamente el hijo). Sobre la figura paternal recae la verdad, la importancia y el entendimiento del viaje, saberlo traducir de una experiencia sensorial a una formativa –que no es cualquier cosa. De esta relación destila también autoridad: aunque los conceptos derivados del viaje se expongan para ser discutidos, siempre tendrá una mayor estatura el que los presenta que el que los recibe. El receptor de la relación deberá sentirse confiado y afortunado: esas lecciones lo acompañan a uno toda la vida (a veces, para descubrir después, que no eran del todo ciertas).
 

La relación amorosa

Esta relación es muy noble porque disculpa la mayoría de los errores y omisiones que siempre tienen los viajes. Hay una gran concentración de sensaciones en el presente, en ese tiempo, en ese espacio. Que un lugar haga más emocionante la relación entre dos personas es entrañable: se forman recuerdos, se despliega el yo: se puede amar de otras formas no conocidas, imposibles fuera del viaje. La relación de pareja por encima del lugar pero atada íntimamente a una geografía distante y, por lo tanto, romántica. Si pensamos en el viaje como una representación teatral –comprimida– de la vida misma, podemos ver entonces que los intercambios que se generan en una relación así durante un viaje son intensos y definitorios aunque no lo parezcan mientras se viven.
 

La relación racional

Si el viaje dura dos semanas, uno se encarga de la primera semana y otro de la segunda. Uno de los transportes, el otro de los alimentos. Uno sabe la historia del lugar y el otro las noticias actuales. Las cuentas se dividen, uno conduce y otro guía, piden dos platos al centro y los comparten, toman exactamente las mismas cervezas, en fin, una relación de viaje, en teoría, ideal. Es tan racional que a veces se dan un día o una tarde libre. Todos pensamos que lo peor que nos podría pasar en un viaje sería separarnos, pero no, es todo lo contrario. La relación se refuerza y se hace práctica. Y mejora con cada viaje.
 

La relación impuesta

El primero planea, ejecuta, dirige y edita el viaje. El segundo sabe el nombre del lugar a donde va pero no mucho más. Allá, se convierte en el niño del viaje. El primero lleva una guía o un itinerario, tiene el mapa de la ciudad en papel o en su cabeza, dice por aquí o por acá; es casi imposible que se aburra, los días pasan rápido, está todo el tiempo en la búsqueda de algo; su mente, hiperactiva. El segundo lo sigue, piensa esto está bonito o esto no me gusta, pero no siempre lo dice; se aburre a veces, se cansa. El primero, energético, quiere ir a un café que está de subida tres cuadras mientras que el segundo, flojo, ve pasar muchos cafés que le gustan y desconoce por qué no entran a ninguno de ellos. El primero quiere viajar con alguien, no le importa nada más; al segundo le da un poco igual todo (tal vez preferiría, en el fondo, estar acostado en el hotel viendo la tele).
 

La relación accidental

Viajas con alguien (conocido o desconocido) por conveniencia: para compartir el auto, la comida, los costos de hospedaje. O viajas con un extraño para sorprenderte, para darle al viaje una textura personal antes que cultural; íntima y peligrosa, nunca predecible. Cualquiera que sea el motivo o las circunstancias que preceden a esa decisión, la relación accidental siempre termina igual en todos los casos: muy distinta a lo que habías imaginado. Completamente distinta. Es una relación para observar y analizar el proceso, sentirte influido por él, modificado por él. Los dos al mismo nivel, los dos en busca de lo conveniente, de las sorpresas de un accidente no planeado.
 


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