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Visiones de Casandra (un fragmento)

Para Adriana

Voy a hablarte del lugar que vienes, de Casandra, la ciudad de condominios pardos en cuyos balcones tienden la ropa las ancianas antes de la oración de la tarde. Los cargueros bajan del Krungvlovo a través del canal que serpentea por el distrito. Cuarenta y seis kilómetros entre naves industriales, apartamentos, piscinas públicas, reformatorios, carreteras, escuelas, rampas de patinaje, muros podridos salpicados de grafitis, ferreterías, panteones, posadas, astilleros, canchas de futbol 7, deshuesaderos de camiones Helmut Karter, talleres textiles, torres de vivienda social y una radiodifusora llamada Crash FM.

Los barcos descienden novecientos ochenta y nueve metros para volverse a pasar en el Golfo de Canarias; suavemente, como un niño que pone a flotar su juguete en la bañera. Todo con sus debidas proporciones. Las maniobras del canal se escuchan por la ciudad entera, los triunfos de la ingeniería. Se meten por los balcones abiertos e impregnan los tendederos de diesel. Las sirenas irrumpen en la oración de las mezquitas y aplastan el sueño de los niños de cuna; ponen a temblar las puertas de las vitrinas y derraman el té negro servido en pequeños vasos de cristal tallado.

Los abuelos recuerdan cuando excavaban el canal en la década de los treinta y cómo sus padres se opusieron violentamente a la construcción. Miran los barcos desde sus balcones y se ponen a adivinar el origen de sus banderas; Malasia, dicen, no, Micronesia, Madagascar, Bengala; pero todos saben que son alemanes o americanos y que les cobran más impuestos por navegar el Krungvlovo con sus estafetas de origen. Y así continúan platicando de la última resistencia de los árabes de Hermes, de los detenidos, los desaparecidos, de quienes fueron ahorcados o fusilados públicamente, de los amputados que regresaron al malecón a pedir limosna. Del emperador o del gobernador de entonces, Mustafá Bedovottir, que prometían purgas inexorables hasta la última cueva de los montes; hoy ya todas cubiertas de tumbas y edificios y tuberías y túneles del metro. Era para ellos, decía el emperador Leopoldo y lo replicaba Bedovottir. Para los árabes de Santa Victoria que habían perdido hijosy padres en las Guerras de Unificación, que habían derramado su sangre por la defensa del imperio. Les daban entonces las llaves mismas del Krungvlovo, el gran afluente navegable de Hermes. Estaban en la mira del mundo, compitiendo contra Suez y Panamá por navegar más veloces en dirección al progreso.

Vendrá la paz, por fin la paz en aquella tierra de pantanos y osamentas en donde los árabes tenían la fama de pueblo inquieto y belicoso. Ahora serían cargueros y obreros, gente de bien. Ingenieros admirables, controladores del sistema pluvial más extenso del mundo. A Casandra y Andrea les aguardaba el destino de los grandes puertos árabes del mundo; Alejandría, Trípoli, Estambul. ¿Por qué seguir con las batallas del desierto, la brutal Jihad interminable, las cabezas cercenadas, los caballos, las cimitarras?

La noche se pone sobre Casandra y los barcos continúan descendiendo durante la madrugada, perforando el sueño púrpura de los musulmanes. La ciudad se transforma en un peñasco de pequeñas lucecitas que se miran desde el océano como una montaña en llamas.
 


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