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Imagen © Israel Esparza

El arte coloso –notas alrededor de Zona Maco 2013

Zona Maco es, ante todo, un remate sobre remate, una abrumadora colección compuesta de muchas otras colecciones. Módulo tras módulo, escultura tras escultura, pared tras pared, Zona Maco es su estilosa magnitud; el tamaño y la extensión. Es ver tantísimo objeto, cuadro y escultura en un mismo espacio –la galería de galerías.

Usamos la palabra «zona» para delimitar una superficie, encuadrar cierta geografía en sus términos y características. Zona Maco tiene, también, límites invisibles: el acento intelectual, los asistentes (casi) uniformados, el blanco de los stands, las obras sobrevaloradas y el aire de suntuosidad. La feria es una frontera entre el paisaje defeño y el arte moderno, la barrera entre una alfombra polvorienta del Centro Banamex y un espejo que se vende en libras. La curaduría más grande del evento son esos límites que filtran, seleccionan, enfocan y definen al visitante.

Los demasiados visitantes: pantalones entubados, señoras en busca del nuevo adorno, los artistas emergentes con sus lentes de pasta, las playeras holgadas, los curadores de traje y corbata, los empleados de las galerías sentados en el aire acondicionado, las barbas, los mirones, los apreciadores, los familiares, las activaciones publicitarias y los medios impresos; la feria como un montón de personajes reunidos –o colgados– alrededor del arte.

Siempre dicen que el arte contemporáneo es subjetivo, y esa parcialidad se multiplica en Zona Maco: la feria de los inconformes, de los muchos puntos de vista, del pedazo de cartón que le gusta a uno pero al otro no. Pero dentro de todo eso no existe la clásica presunción, no se mira al de a lado con desdén, nadie fuerza la compra, todos explican la obra con gusto y satisfacción. Quizás, como evento público, la industria artística enseña su cara menos pretenciosa, más amigable, dispuesta y ordenada.

Zona Maco no es la mejor muestra de arte de Latinoamérica, es la más grande. Y ese adjetivo mayúsculo la convierte en una feria digna de visitar: por su monumental organización, por el desmedido vaivén de artistas y espectadores, por su enorme catálogo, por los extensos pasillos y, sobre todo, porque nos acerca –de manera colosal– a esa extraña figura que es el arte contemporáneo.
 


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Hace 20 años le dio un paro cardiaco a la provocación, y no nos hemos podido recuperar, ¡aunque vaya que le hemos echado ganas! Era feo, era orejón, era un símbolo sexual. Con esa cara no le quedaba mas que ser puro sexo. Fue amante de Brigitte Bardot, se casó con Jane Birkin, grababa canciones con orgasmo incluido, escandalizaba a los liberales. Era puro desafío, pura indecencia. Era la celebridad incómoda. Era Gainsbourg. En 1965, cuando todavía no era famoso pero sí infame, Gainsbourg escribió una canción que trata sobre una niña linda y mona que se siente «en el paraíso» cada vez que «ese palito está en su boca». La niña linda y mona, pensando quizá en Chupa Chups, cantó en el concurso de Eurovisión y, por supuesto, ganó. Ya en el pedestal de la fama, cuando la niña linda y mona se enteró de lo que en realidad estaba cantando, rompió con su escritor y no volvió jamás a cantar esa linda y mona canción. (Veintitantos años más tarde esos malditos hipsters harían su propia versión, aunque, claro, sin la gracia de la inocencia, sin la bravata del perturbador.) En 1979, un grupo de militares franceses de extrema derecha asistió al concierto de Gainsbourg en Estrasburgo para impedir que cantara su más reciente éxito: la versión reggae de La Marsellesa. Gainsbourg llegó, vio el panorama, mantuvo a sus músicos rastas en el autobús, subió solo al escenario y exclamó: «los que han impedido el concierto han devuelto a La Marsellesa su sentido inicial». Acto seguido, «el orejón degenerado», cigarrillo en mano, cantó a capella el himno de Francia. La dignidad inesperada, la grandeza irrefutable. Era Gainsbourg. A los 45 años le dio su primer ataque al corazón. Lo llevaron al hospital y dijo que no, que él no se iba a acostar ahí, en esa cama, con esas sábanas, y mandó traer sus sábanas Hermès. Después de grabar un disco conceptual bajo el tema de Lolita (Histoire de Melody Nelson), cuando su hija Charlotte tenía ya 12 años, Serge grabó con ella Lemon Incest. «The love that we will never make together», le decía. Eran los Gainsbourg. ¿Quién es ahora nuestra celebridad incómoda? ¿Lady Gaga? No, no creo. Ella es más nuestra indecencia cómoda, nuestro reflejo cómico. ¿Quién es hoy nuestro héroe trágico? ¿Quién se destruye a sí mismo? ¿Quién nos incita a la catarsis? ¿Qué haría Gainsbourg hoy? ¿Se lanzaría contra la nueva religión: contra los orgánicos, contra el cambio climático? ¿Mataría a todas esas vacas que con sus gases producen todo ese metano (un gas 20 veces más dañino que el dióxido de carbono)? ¿Mataría a las vacas para, ja, tener un mundo más orgánico, más limpio, sin tantos gases? ¿Desdeñaría a La Gaviota para tirarse (Gainsbourg usaría ese verbo) a Margarita Zavala de Calderón? Quizá así, por fin, tendríamos una política nacional estimulante. Viviendo en este falso decoro, en este mundo tan correctito, nos hace ya mucha falta un Serge Gainsbourg.  ...

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