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Los buenos modales en provincia

Se dice que en provincia la gente es más alegre. Que el trato y los modales son una exquisitez que el hombre capitalino pocas veces tiene el lujo de presenciar. Se dice, porque a nadie le consta. Quizás es un invento del chilango en estado crónico de desdicha o que dentro de la escala de amabilidad en provincia exista más cordialidad. Es como si al momento de pronunciar la palabra «provincia» a la gente se le escaparan de la boca aldeanos saludando con frenesí de reina de certamen y la sonrisa de anuncio de pasta de dientes. Pero, por acá, no hay aldeanos de blanca dentadura en concursos de belleza; y si los hay, también linchan y queman aldeas como en el medioevo.

Aún así, se cree que el provinciano es amable y de buenos modales. ¿Por qué será? ¿La altura, el clima, el acta de nacimiento? ¿Entre más lejos de Los Pinos uno da más el paso al peatón? ¿No tener diez Starbucks en la misma calle disipa la hostilidad de las mujeres del mostrador? ¿A los de aquí la genética les proporcionó una inteligencia emocional más razonable? Si nos basamos en un método de experimentación en el campo de estudio podríamos llegar a la conclusión de que es pura habladuría, una de tantas creencias mexicanas. Aquí también haces tres horas de fila para ser recibido por un burócrata de cara larga, la educación vehicular va en decadencia, los meseros más bien te están haciendo un favor y todos los secretos son a voces.

Entiendo, la tía siempre anda con su «con permiso» y tú (cada que puedes) le das los buenos días al policía. Todo esos son buenos modales que la tía y tú aprendieron con el tiempo. Dale gracias a tus papás o a las monjas que te daban un reglazo por cada blasfemia, nunca a tu inmediatez espacial. No es que uno ande haciendo campaña para reducir el turismo en estos rumbos, pero tiremos a la basura el estereotipo del provinciano: los brazos abiertos y la humildad como bandera. Y, después de todo, te vas al DF y regresas atolondrado con el golpeteo insensible de un «¿Qué se le ofrece?». Vuelves a ir y otro «¿Qué se le ofrece?» viene acompañado de una sonrisa; los buenos modales que no siguen patrones geográficos.
 


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