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«Costumbres» –en este país, la filosofía se escribe en estribillos

Antes de comenzar este reportaje, una engorrosa pero necesaria aclaración: hablar de una supuesta contraposición entre cultura «alta» y «baja» no sólo es un lugar común, sino una falacia. Esa dicotomía cultural es una trampa para exhibir nuestra simpleza.

No existen expresiones culturales altas o bajas, gordas o flacas, peludas o lampiñas; existen lecturas profundas y superficiales. Juan Gabriel puede ser –y es– tan agudo como Jürgen Habermas. Inocente pobre amigo quien crea lo contrario, pues lo que importa no es tanto la palabra cantada como el oído múltiple del escucha. Este cliché sí es certero: todo pende del punto de vista. Los productos culturales son espejos.

Aclarado esto, a lo que nos truje, Chencha: Juan Gabriel, Joan Sebastian y Marco Antonio Solís, tres grandes –enormes– poetas y filósofos mexicanos que todavía están en su etapa productiva.

Eso y más

Decir que en Latinoamérica el premio Lo nuestro es más relevante que el premio Nobel, o decir que Siempre en domingo fue nuestra Academia de Platón, es algo que no por cierto deja de ser desproporcionado. Pero decir que Joan Sebastian es nuestro Bob Dylan –o incluso, ¡ay!, nuestro Sócrates– resulta irrefutable.

Por lo menos una vez al año leemos un ensayo que demuestra el poder lírico de Bob Dylan. Cada año aparece en la quiniela del premio Nobel de literatura. Sus abogados estéticos aseguran que Dylan es más que un músico popular: un poeta, un artista contemporáneo, un happening, una categoría en sí misma. «Dylan es un Dylan». Emily Dickinson decía que si tras leer o escuchar algo sientes que te han decapitado, eso es poesía. Dickinson lo dice y nosotros lo sentimos: Dylan es un poeta.

Joan Sebastian es eso y más. Es un tatuaje lírico y metafísico: un mantra.

Su biografía es entre épica y lastimosa: nace en Juliantla, Guerrero, se pasea en burro para entregar leche fresca y declama en su escuela versos como estos:

No porque me vean chiquito
piensen que no tengo amores.
Yo soy como el huizachito,
naciendo y echando flores.

De joven, el entonces llamado José Manuel Figueroa decide ser sacerdote. En el seminario compone –cual Bach– una misa y es entonces cuando se arrepiente de su decisión. Deja el hábito, agarra (entre otras cosas) la guitarra («mi problema es bello y son mujeres») y resuelve su primer nombre artístico: Figueroa. Conoce por accidente a Angélica María, le canta seis de sus canciones, fascina a la entonces «Novia de México» y paso a pasito Figueroa comienza el camino del éxito (y del amor).

«Golondrinas viajeras / vamos sin descansar añorando quimeras […] con las alas cansadas de volar / pero con muchas ganas de cantar», cantaría unos años después nuestro Sísifo.

Antes de cambiarle el nombre a glorias propias y ajenas, se lo cambia a sí mismo (a Joan Sebastian le debemos respeto). El nombre Juan lo asocia con la libertad; Sebastián es el Apolo cristiano. Juan Sebastián: el amante libre. Su hermana, influenciada por la numerología, le sugiere cambiar la U de Juan por una O. Y el fervor popular le quita el acento agudo a Sebastián. Así, en 1977 nace el mito: Joan Sebastian.

Su primer éxito, «El camino del amor», se escuchó en todo el continente. El segundo, «El sembrador de amor», fue interpretado en Argentina ’78: se escuchó en todo el mundo. Actualmente existen doce mil versiones de sus distintos éxitos.

Joan Sebastian –el Rey del Jaripéo, el Huracán del Sur– ha escrito canciones rancheras, norteñas, gruperas, huapangos, corridos, baladas, canciones pop y de banda. Es el poeta promiscuo de México. Y no sólo por componer, producir y cantar distintos géneros musicales, sino también por las letras de sus canciones: «tómame sediento de ti / mi cuerpo espera», «por qué no asociamos», o el lorquiano «esa noche las estrellas no brillaban […] cuatro grillos murmuraban». Joan Sebastian se suma cual D’Artagnan a los tres mosqueteros eróticos de la tradición lírica: Ramón López Velarde, Gonzalo Rojas y Ovidio Nasón.

«Invítame un cigarro, quiero el cáncer / invítame un cigarro que se queme», le cantó, entre otras, a Maribel Guardia (nuestra Cher). Joan Sebastian logró todo lo cantado: el cigarro, el cáncer y la quemazón. Se casó con Maribel, se divorció mientras ambos protagonizaban la novela Tú y yo y, afortunado, «venció en la lucha contra el cáncer».

Dicen que es «sencillo y natural, que sólo le falta un toque de intelectual», pero eso es sólo como cantautor. Como productor es complejo e ingenioso. Nomás hace falta escuchar los discos que ha hecho de Rocío Durcal, Alicia Villarreal y Vicente Fernández.

¿Habrá todavía alguna duda de que Joan Sebastian es nuestro Bob Dylan o incluso –¡ay!– nuestro Sócrates? Joan Sebastian es eso y más. El Poeta de Juliantla es:

  • Nuestro Heráclito y nuestro Bashô: «qué pronto escapó la prófuga felicidad […] hay nubes en mi cielo».
  • Nuestro Camus: «lo mas caro que tengo, que es mi libertad».
  • Nuestro Rimbaud: «yo siempre he sido ajeno».
  • Nuestro Heidegger: «sobre el tiempo el tiempo que te conocí».
  • Y nuestro Stevenson: «víctima de un álter ego, me voy».

Joan Sebastian es un lobo domesticado, un minotauro en su laberinto. Borges escribió que «nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo»; Joan Sebastian es la encarnación de ese deber filosófico y poético:

Me he quedado con la duda
si serás o no
la puerta del laberinto
donde me he perdido yo.
[…] Nos quedamos
y aquí estamos
con la duda, la esperanza y la ilusión.

 

Razón de sobra

Los filósofos mexicanos piensan en estribillos, reflexionan con serenatas, se hacen preguntas metafísicas mientras cantan. No es una característica exclusiva de nosotros; por lo menos en occidente, esa es la manera clásica de pensar: cantando.

La irracionalidad y la sordera tienen la misma etimología latina. Es decir, pensamos con el oído.

Si quien mejor escucha es quien mejor piensa y quien mejor oído tiene es quien mejor compone, entonces… ¡claro!… entonces, uno de nuestros mayores intelectuales es el Buki –aunque, hay que decirlo, suele ser monotemático: sólo una idea en cientos de canciones.

En 1959, mientras el pequeño Joan Sebastian se paseaba en burro por el pueblo de Juliantla, nacía, en Ario de Rosales, Michoacán, Marco Antonio Solís AKA el Buki. Su historia es por todos los televidentes conocida: a los 10 años debuta en Siempre en domingo, a los 13 crea Los Bukis (que en el norte es algo así como «los chamacos»), a los 36 inicia su carrera como solista y…la historia continúa.

Se ha dicho que Marco Antonio Solís es la versión descafeinada de José Alfredo Jiménez: canciones de despecho para sisis. Puede ser. Mientras el Rey vuela bajo, el Buki compone un disco con canciones cristianas. Marco Antonio Solís siempre ha tenido ese dejo etéreo, casi celestial. Más que baladas, el Buki compone mitos. Eso puede ser un poco molesto: escuchar cómo un nostálgico llora su soledad y canta, con una pena orgullosa, contra el desprecio. El Buki es el mártir del amor sincero.

Aún con estos, digamos, celestes desperfectos, el Buki es grandioso. Es un hombre para quien la palabra es algo más que una vocación o un destino. Marco Antonio Solís ha creado una religión, algo que ni John Lennon logró hacer. Existe una sospecha, por ejemplo, que la canción Tu cárcel es tanto o más escuchada que el Padre nuestro. Y ni qué decir del éxito Si no te hubieras ido.

El filósofo francés Blaise Pascal escribió que «el corazón tiene razones que la razón ignora». El poeta portugués Fernando Pessoa escribió que si «el corazón pudiera pensar, se pararía». Ese es más o menos el canon literario de Marco Antonio Solís. Ir a uno de sus conciertos es como ir a misa al Vaticano en plena Edad Media.

Querido –siempre en nuestra mente

Juan Gabriel no necesita defensa alguna –pero qué necesidad. Existen incluso calles con su nombre; de Él hay apologías a granel; hemos escuchado a portugueses, alemanes y hasta japoneses cantar No tengo dinero; no discutamos. Seremos, pues, breves: diremos sólo tres cosas que nos parecen fundamentales:

1. Alberto Aguilera Valadez está lleno de sí –ahíto. Su conciencia se derrama en distintos heterónimos, algunos conocidos –Adán Luna– y otros archiconocidos –Rocío Dúrcal, Lucha Villa. Por aquí y por allá, a través de una voz u otra, Juan Gabriel está siempre en nuestra mente. Aunque intentemos, no podemos olvidarlo. (Hay un poema-homenaje de Luis Felipe Fabre titulado Glamour eterno.)

2. El Divo de Juárez no sólo canta todo, sino que lo es todo: divo y humilde, dama y ranchero, elegante y vulgar, michoacano y fronterizo, orgullo y burla. Nosotros –todos– estamos entre un extremo y el otro. Juan Gabriel nos reconoce y nos sobrepasa; es al mismo tiempo nuestro espejo y nuestra fuente.

Por todo esto, 3. Juanga es el pensamiento y el sentimiento colectivo de nuestra época.

Sin asomo de broma, una pregunta que, aunque lo parece, no es retórica: ¿qué palabras nos retratan, asombran y deslumbran más: las escritas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad o estos versos cantados por Juanga: «No cabe duda que es verdad que la costumbre / es más fuerte que el amor…»?

El ágora lírica mexicana

  1. María Grever. (León, 1885 – Nueva York, 1951) Prueba fehaciente de su grandeza: Júrame y –nuestra favorita– Volveré.
  2. Agustín Lara. (Tlacotalpan, 1897 – DF, 1970) Prueba deliciosamente irrefutable: María Félix –oh– cayó rendida a sus flacos brazos.
  3. Manuel Esperón. (DF, 1911 – Cuernavaca, 2011) Prácticamente toda la época de oro del cine mexicano está musicalizada por él.
  4. Consuelo Velázquez. (Zapotlán el Grande, 1916 – DF, 2005) Prueba irrefutable: tal es la grandeza lírica de su canción Bésame mucho que Nat King Cole decidió cantarla en español.
  5. Cuco Sánchez. (Altamira, 1921 – DF, 2000) Sus letras son ya dichos populares: fallaste corazón, arriero somos, la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar.
  6. José Alfredo Jiménez. (Dolores Hidalgo, 1926 – DF, 1973) El marinero que vivió errante. Cuántas velas dejó encendidas, nosotros no sabemos cómo apagarlas.
  7. Tomás Méndez Sosa. (Fresnillo, 1926 – DF, 1995) Escribió los éxitos de Lola Beltrán: Paloma negra, Puñalada trapera (título insuperable), Cucurrucucú paloma, etcétera.
  8. Roberto Cantoral. (Ciudad Madero, 1935 – Toluca, 2010) A más de 40 años del OTI de 1970, el video de José José cantando El triste no ha perdido ni un ápice de fascinación.
  9. Julián Garza. (Los Ramones, 1935 – Guadalupe, 2013) Le debemos al viejo Paulino el tema más relevante del siglo XXI: el narcotráfico. «Murieron porque eran hombres, / no porque fueran bandidos».
  10. Juan Gabriel. (Parácuaro, 1950 – Juárez, 2021) Mejor versión: verlo cantar y bailar cual divina tortillera en un palenque.
  11. Joan Sebastian. (Juliantla, 1951 – forever) Mejor versión: arriba de su brioso caballo blanco. ¡Es el Rey del Jaripeo!
  12. Marco Antonio Solís. (Ario de Rosales, 1959 – Jardines del Edén, ∞) Insuperable versión, todavía no vista: cantando a dueto con el Papa Francisco.

 


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