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Imagen © William Vierplank Birney

La gracia y los golpes efectivos: libros de Andrés Neuman y Gonçalo M. Tavares

Andrés Neuman
Bariloche
España, Editorial Anagrama, 1999
176 pp.

 
Y sí, hay que hablar de Andrés Neuman. Tocado por la gracia, eso dijo de él uno de los jurados en el XVII concurso Anagrama de novela, ahí donde Andrés salió finalista con Bariloche. Tenía sólo veintidós años y por la nota final uno se entera que la comenzó a escribir con diecinueve. Ahora, con treinta y cuatro años, tiene publicaciones en varios géneros y editoriales: traducción, poesía y aforismos en Acantilado, novela en Alfaguara y cuento en Páginas de espuma; además de Anagrama y algunas otras.

Tocado por la gracia. Recién terminé la novela y la abro sin fijarme para encontrar cosas así: «Asomada a las aguas del Perito Moreno, la faz del cerro López se sorprende decrépito. Vagan los vientos al azar, cerca de los pujantes picos, de la nieve esporádica, bajo las nubes desangradas en muerte violeta». Hay muchas maneras de narrar ese momento y Neuman elabora una, la de él. Grupos de líneas así se encuentran en el libro, grupos que construyen una realidad distinta a la que un apego a la comodidad hubiera obtenido.

Tocado por la gracia, esa es una manera de decir las cosas. Otra es que es un lector atento, un hijo de la forma y el ritmo. Otra, carajo, es que tiene una capacidad inmensurable de rotar, subir, entrar y describir escenas desde un punto de vista único: tocado por la gracia. Las pisadas flojas son varias (¿habría que nombrarlas?): una trama vulgar, trucos simples de atención al lector, un final innecesario y varios momentos de voces falsas (carajo de nuevo, ¿se le puede exigir todo esto a un escritor de veintidós años?).

Sobre todo esto, encima de estos apuntes, en Bariloche se levanta una escritura con la capacidad de mostrar pliegues ocultos, de presentar un rompecabezas donde las combinaciones son infinitas y la marea de palabras va, viene y nos arrastra. ¿Qué sigue? Una cosa que no le pediría a cualquiera y que me atrevería a pedirle a Andrés Neuman: que no ceda, que no se diluya, que en un ejercicio de valentía siga los tirones que hacen los mejores momentos de la novela, en donde no importa demasiado lo que nos está contando y en vuelta tenemos un repertorio de posibilidades narrativas inmenso. Ahí, en equilibrio entre el riesgo y el control, entre la ampliación y la contención, es donde me gustaría verlo jugar, sin entregarse a una demanda de argumentos que imagino ya tendrá.

 


 

Gonçalo M. Tavares
Historias falsas
México, Editorial Almadía, 2008
77 pp.

 
Atrevimiento. Serenidad. Inteligencia. Estos son algunos de los destellos que encuentro en el libro de Tavares, angoleño que a los treinta y cinco años publicó nueve relatos con el nombre de Historias falsas. Apoyado brevemente en un fragmento de verdad, como lo dice él en su mínima nota introductoria, da un salto hacia el continente de la ficción.

¿Por qué habría que leerlo? Por su capacidad para elaborar episodios falsos de Platón, Diógenes y Marco Aurelio acotados con comentarios bíblicos o referencias a Montaigne, y todo sin asomo de arrogancia. También diría que por su levedad y su peso; levedad para atravesar el tiempo y desprenderse de lastres de academia (impartió clases de epistemología en Lisboa) para narrar con un lenguaje discreto; peso para caminar la delgada línea de la confianza en una moral propia, sin tambalear en vanidad y excesos: una ampliación de la sabiduría de sus personajes.

¿Qué cuentan sus historias falsas? Historias de amor, del amor imposible que inspira; relatos donde los filósofos son inmensamente mayores a la avalancha del poder, del dinero, de las pasiones. Hago una pausa y pienso que ahora estos temas se abordan más desde la ventanilla de la ironía: unos dientes amarillos que se muestran maliciosos. Aquí Tavares se planta sólido: hay conceptos que sabe defender y entiendo que no se arredraría ante un farsante con pose y mala leche. Eso es para admirarse. Y para crear respeto. Quizá esta punta tomó Saramago para lanzar aquel comentario sobre el deseo de darle un puñetazo a Tavares por tener esa licencia de escribir tan bien a los treinta y cinco años. Ahora pienso que el de los puñetazos es Gonçalo, es él que a través de nueve episodios va atizando golpes efectivos que al menos a mí me han tomado desprevenido.
 


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