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Imagen © Antiguo senado romano

Las tienditas de la esquina, el último reducto de la democracia

[…] la urbe o polis comienza por ser un hueco, el foro, el ágora […] la polis no es primordialmente un conjunto de casas habitables, sino un lugar de ayuntamiento civil, un espacio acotado para funciones públicas. La urbe está hecha para discutir sobre la cosa pública.

~La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset

 
Hace tiempo que en nuestras ciudades no existe un lugar de encuentro, de exposición de ideas y de debate. El zócalo y las plazas públicas no son mas que lugares de paseo, hábitat de vendedores ambulantes, donde la gente que se encuentra no se otorga ni un mínimo saludo, ni siquiera una mirada. Así como estos lugares, podríamos recorrer las ciudades de México y no encontrar un solo punto de reunión y de intercambio de ideas entre ciudadanos. Las ideas y los ímpetus se encuentran dispersos e inconexos. Es entonces indispensable la reconstitución del lugar público que albergue el debate, un lugar que sea capaz de reavivar el instinto primario del animal político que es el hombre, un espacio para el diálogo y la asociación.

Desde hace tiempo, las ciudades están cada vez más segmentadas, con espacios exclusivos para lo elegante, lo naco, lo distinguido y lo popular (aunque, paradójicamente, lo popular sea ya también algo exclusivo). Existe una tendencia irrefrenable hacia lo VIP, la segmentación del mundo en espacios sólo accesibles para aquellos que hayan alcanzado la fama, la gloria y la fortuna. Esta fragmentación física y geográfica no tiene otro propósito distinto que la celebración del éxito sobre la ignominia del fracaso. Acentuar la distinción entre quien ha triunfado y quien no. Grupos que pueden acceder a las cimas olímpicas y montones que están condenados a lo mundano. Así todos los espacios, sin dejar de ser públicos, se han ido delimitando.

El estadio de futbol –donde el obrero eufórico solía abrazarse apasionadamente con el burgues– no sólo cuenta ya con palcos y plateas, sino también con una tribuna VIP. Recién me decían que al cine va gente de todo tipo, pero me entero también que ahora ya hay salas VIP. Cada quien viendo la pantalla desde su propia fracción, cada quien viviendo en su propia exclusividad.

El hombre VIP es el que no está dispuesto a siquiera rozarse con aquel que no sea tan distinguido como él, es el que lleva un manual taxonómico que enlista a las personas y castas con las que no piensa convivir jamás. Y no es sólo el VIP de élite, es también el hombre particular, que tiene su auto particular, circula aislado por su mundo particular y vive en un conjunto cerrado y particular. ¡Benditos sean los particulares!

Segmentar al mercado es segmentar a la sociedad. Separar es distanciar, incomunicar, aislar realidades, negar similitudes y, en última instancia, polarizar y enfrentar. Y con tanta distinción, se han ido reduciendo los espacios públicos, lugares donde solíamos encontrar, como en La fiesta de Serrat, «al noble y al villano, al prohombre y al gusano». La acción social está definida por el acto de consumo, que tiende a segregar. El debate, por el contrario, tiende a integrar.

El antojo espontáneo suele estar asociado al alimento chatarra, que si bien es constantemente vilipendiado por sus perniciosos efectos sobre la salud, preserva un hálito de democracia. Un pámpano a la sal con una copa de pinot noir sudafricano es ignoto e inaccesible para el 99% de la población, pero el refresco de 600 ml es accesible y es democrático porque a él aspiran los hombres y mujeres de las más distintas clases sociales y económicas. En la tiendita de la esquina se encuentra lo que el grueso del pueblo demanda: chatarra. Su ubicuidad congrega a los albañiles que toman un descanso de su faena y a la niña fresa que se dispersa entre clases. La tiendita de conveniencia se va volviendo el templo y el reducto último, o tal vez el primero, de una democracia quizá decadente, quizá en ciernes. En el OXXO se encuentran todos los hombres con un mismo deseo, hermanados alrededor de un producto noble que no excluye a nadie, que permite que en la fila de la caja se tomen de la mano el limpiavidrios y el CEO y entonen alabanzas al líquido envasado en PET y a las golosinas en plástico metalizado.

El OXXO está por convertirse en la Colina del Pnyx, el lugar donde en la antigua Atenas se asentaba la plaza pública; el Ágora. La tiendita de la esquina está por transformarse en nuestro lugar mítico donde tendrá su génesis la democracia. En unos años, la tiendita levantará tribunas de fino mármol, los cajeros vestirán la toga viril y la clásica toga praetexta, dando la bienvenida al visitante con un sonoro «¡Salve Ciudadano Mexicano!»

Sin embargo, en una angustiante visión apocalíptica, los OXXO podrán tomar el camino contrario y volverse VIP; sería la lapidaria condena de la democracia. «¡Jamás!», clamará la lata ruborizada y de oscuro contenido, agregando «Me erijo paladín del pueblo ante tan pérfida intención. Yo soy la amalgama y sangre ciudadana. Yo soy el cáliz y este es mi templo, savia y simiente de la democracia».
 


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