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Tilda Swinton o el rostro de nuestra humanidad

En el 2011 escribí sobre nuestra fascinación colectiva (y probablemente inconsciente) con los seres andróginos. De allá para acá, David Bowie regresó con The Next Day y grabó con Floria Sigismondi el video de The Stars (Are Out Tonight) que, necesariamente, se enfoca en Tilda Swinton. La obra es un agasajo visual lleno de suburbio, extrañeza y androginia; un atemorizante resumen de lo que pensé cuando escribí aquél artículo. Y esa sensación de lectura mental, de intrusión racional, es algo imposible de describir.

Siguiendo con los intrusos, Tilda Swinton ha tenido apariciones constantes en mi vida. Primeramente en su brevísimo papel como la enigmática vendedora Rebbeca Dearborn en Vanilla Sky. Luego desfiló en otras tantas películas (que nunca vi en orden cronológico) como Adaptation, Orlando –basada en el libro de Virginia Woolf–, We need to talk about Kevin, la última de Wes Anderson y la lista puede seguir.

Su selección de trabajos coincide con mis gustos pero, más allá de su edición, Swinton sabe lo que hace –y eso es lo que más aprecio. Constantemente se le ve en entrevistas hablando con una soltura renacentista, platicando sobre su constante interés en los límites del género y el rol. Ese darse cuenta y saberse andrógina es, quizás, el atributo más imponente de Tilda Swinton y el origen de todo lo que hace: dormir en una caja de cristal en el MoMA, recitar un poema con oraciones como «There is only one you. Only one.» en una pasarela de Viktor & Rolf donde todas las modelos son dobles de ella, hacer un cine ambulante en su natal Escocia, hablar de la maldad y los niños con The Guardian, posar en una serie de retratos surrealistas en el Jardín de Edward James y explorar los alcances de la gesticulación –porque, ante todo, Swinton gesticula. Sus músculos faciales se mueven con una sofisticación propia del pasado noble que la rodea (el Clan Swinton).

Lo que más impacta es su capacidad histriónica, su caminar, la forma en que se lleva un vaso de agua a la boca. Todo lo hace tan ajeno y familiar, tan alienado. En inglés la describen como unearthly y, en efecto, esa es la mejor definición: Tilda Swinton es foránea, distante y sobrenatural. Sus facciones son, tal vez, lo más atemporal, simétrico y versátil que hay en nuestros tiempos. Esa figura fantasmal –a veces minimal y otras tantas expansiva– me ha acompañado por muchos años; un espectro latente que –a su antojo– es belleza indescifrable o rareza cadavérica.

Tengo la extraña teoría de que ella es el rostro de nuestra evolución, lo más cercano al ser completo del que hablaba Platón. Sus gestos, rostros, músculos y huesos pertenecen a alguien ultrahumano que, en el futuro, será exhibido como pieza de museo. Surreal, ambigua, confusa, extravagante e intangible, observar su rostro es ver todo y nada al mismo tiempo; buscar emociones en algo que siempre ha sido demasiado humano.
 


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