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Imagen © South America Cruises

Siempre nos quedará Belice

Se terminó el Mundial. Se precipitó durante los últimos días, cada vez a una velocidad mayor, hacia su propia desaparición. Se disolvió en el ruido que los derrotados emiten cuando se arrodillan en el pasto mojado y ya lodoso de la cancha. El Mundial se fue en los gritos y las lágrimas y las muecas de frustración y miedo. De los jugadores, de los aficionados, de los propios árbitros, quizá.

Tras el entusiasmo inicial por los países insólitos, que justificó la multiplicación repentina de los seguidores de Belice, vino la imposición del realismo, la vuelta silenciosa y ordenada a las expectativas de siempre, el eterno retorno de los bicampeones, tricampeones, pentacampeones y los consabidos subcampeones y tercerlugaristas del mundo conocido.

Me identifico con este movimiento, este reacomodo general de fuerzas espirituales. Mi vida también presenta cada tanto (podría decir que cada cuatro años, incluso) una promesa de redención, un vislumbre de ascenso, un horizonte de posibilidad que me engalana el ánimo. Y luego, poco a poco, se desinfla esa promesa; me vencen los vencedores de siempre y regreso a mi rutina de pánicos y semáforos. El Mundial, metáfora de casi todo.

Para cuando llegaron los cuartos de final, Belice, como sabemos, estaba fuera, pero la derrota de Alemania sobre Brasil, con una goleada inédita, nos hizo soñar brevemente con el repechaje, el karma o algún otro mecanismo de postrera venganza cósmica que aupase a la Escuadra de Mimbre de regreso a la cúspide. Pero el curso de la Historia es unidireccional, amén de ojete. Hubo, pues, que escoger nuevos caballos negros, que improvisar nuevas aficiones y googlear rápidamente datos sobre los delanteros costarricenses o colombianos para corear sus goles con mayor aplomo. No sirvió de nada. Cada equipo al que decidí irle perdió en el exacto partido en el que le declaraba mi apoyo. Ahora bien: no voy a esconder que mi megalomanía quiso ver un patrón en esta concatenación de derrotas. ¿Conspiraba la FIFA contra mí personalmente? O peor aún, ¿conspira el mundo mismo, con su aceitada máquina de desengaños, para quebrarme? Apegándome lo más posible a la razón, y dejando fuera mi tendencia a la hipérbole, sólo puedo concluir que sí, que el mundo conspira para chingarme y el Mundial entero fue una puesta en escena en ese sentido: una coreografía de mil millones de personas, dos papas de la iglesia romana, un millar largo de balones, cientos de páginas de streaming desesperante, restaurantes con promociones de cerveza al 2×1 durante los partidos, vuelos internacionales, azafatas, niños ignorados por superestrellas, peinados absurdos para detonar recuerdos puntualísimos… todo para joderme a mí personalmente. (Es una hipótesis de trabajo disparada por el shock de que todo esto se haya terminado apenas ayer, no me juzguen).

Y ahora, a esperar cuatro años. A conformarme con seguir al Atlante, el Belice de la Liga de Ascenso Mexicana. A teclear textos sobre deportes menos obvios, como lanzamiento de enanos o nada sincronizada (el nado sincronizado de los nihilistas).

Pero los finales exigen conclusiones, sobre todo en la página. ¿Qué me llevo de todo esto? Para empezar, una cosa: que la afición beliceña puede contra todo. Somos tercos, invisibles, literarios, descabellados. Escribí sobre Belice durante todo el Mundial porque me niego a aceptar las condiciones del realismo. Belice no acepta las condiciones del realismo, ni de la FIFA, ni de nadie. El próximo Mundial se jugará en una de las ciudades invisibles de Calvino y Belice se coronará campeón y fundirá la horrenda copa mundialista para fabricar anzuelos de oro que repartirá gratuitamente en sus costas. Y con esos anzuelos pescaremos animales transparentes que merecerían un capítulo entero en un libro sobre desviaciones geniales. Y masticaremos esa carne liviana mientras el aburrido Caribe nos regresa una imagen de postal de la que a veces renegamos, porque preferimos mirar hacia tierra, hacia donde la mula se deshidrata y el patrón ordena desmontar pirámides para construir carreteras que no van a sacarnos de la miseria.

Alemania es campeón del mundo. Y además son los dueños de Europa y hasta les concedo que fabrican cervezas deliciosas. Pero son un país que existe demasiado y eso los pone en desventaja. Lejos de los reflectores, de las páginas centrales de la prensa, Belice se columpia en el filo de la desaparición junto a naciones igualmente dignas y simpáticas. Desde aquí, el futbol es un ruido blanco que cada cuatro años ocupa las televisiones comunitarias y nos pone a bailar el baile del serrucho durante un mes entero. Pero la urgencia del anonimato nos nimba. Todos los Messis de Belice dejaron el negocio para escribir églogas. Todos los Müller de Belmopán se juntan en el mismo local inmundo a provocarse el vómito y a torcer las palabras para que suenen más rotas. Vamos a conquistar los países limítrofes con motos de agua. Vamos a poner de moda una variante del balompié que no busca el lucro. Vamos a hibernar cuatro largos años para llegar a Rusia con el alma afinada en un Do perfecto.

A todos los que leyeron esta columna (por error, por compasión, para enfurecer, por aburrimiento, en el celular, en Santiago de Querétaro, sin entender un carajo, como sea) les agradezco la deferencia. Cuando empezó el Mundial no sabía nada de futbol. Hoy sé todavía menos, así que todo esto valió la pena.

 

Colonia Narvarte, Belmopán, Planeta Tierra.
16 Tammuz, año 5774 del calendario hebreo.
Aniversario de la Toma de la Bastilla.
«Someone who loves me very much went to Belice and bought me this t-shirt».

 


Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela En medio de extrañas víctimas. Lee aquí las entregas pasadas de esta columna. Y síguelo acá en tuiter: @ds_paris.

La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos, Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. Aquí una entrevista que le hicimos a propósito de su último libro de cartones Bajar la guardia.

 


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